El mundo mágico de Carmelo Mendoza: La casa paterna que custodia el alma de la loma fresca

 

 

(Homenaje a José Isaac Mendoza y al Museo Carmelo Mendoza)

 

Por: Yarime Lobo Baute

Hay geografías que desafían la lógica del paisaje y se revelan como un milagro de la naturaleza. González posee ese misterio. Lejos del calor abrasador de las llanuras bajas, este rincón es conocido con justa razón como la loma fresca de González, un oasis encumbrado donde el aire corre con una pureza distinta debido a su altura sobre el nivel del mar. Su entorno es un escenario casi irreal, un territorio de contrastes asombrosos donde los suelos, en un capricho geológico, esculpen formaciones singulares que emulan estalactitas a la intemperie. Sin embargo, esa misma tierra que parece sacada de un sueño místico muestra una generosidad desbordante, permitiendo que en sus laderas florezcan con vigor los cultivos de cebolla, los tomates encendidos y la caña panelera que endulza la vida de la provincia, esa misma caña que brota con tanta fuerza y arraigo en el corregimiento de Burbura, tierra fértil e histórica cobijada bajo la jurisdicción de nuestro municipio.

Desde mi infancia, mi padre, Elfido Armando Lobo Neira, modeló mi mirada sobre este paisaje andado a través de relatos colmados de nostalgia y reverencia como nativo de estas tierras que lo vieron nacer. En su voz, que siempre evocaba los senderos del campo, un nombre relucía con el peso de los robles ancestrales: Carmelo Mendoza. Para mi padre, don Carmelo encarnaba el norte ético de la comunidad; una mente clara, de palabra pausada y justa, dotada de la extraña lucidez de quienes logran divisar los hilos del porvenir antes de que el tiempo los teja. Sus juicios no eran simples opiniones, sino sentencias sabias que orientaron el destino de este pueblo durante décadas. Aquellas descripciones memorables se anidaron en mi fuero interno, creciendo a la par de los cañaguates silvestres que desafían los veranos vistiéndose de gala amarilla. Así aprendí a respetar un legado que hoy camina de la mano con la historia viva de la región.

La noche del evento, la cita con la historia nos exigió ponernos en camino bajo el manto estrellado del cielo provinciano. El punto de partida de nuestra travesía nocturna no era un lugar cualquiera; era Río de Oro, el municipio bellísimo donde mi madre, Elizabeth Baute Lora, escogió alojarse en el tradicional Hotel Sinarote frente al parque principal. Aquella estancia no era un capricho del azar, sino un tributo íntimo a los hilos de nuestra propia memoria familiar. Estar allí, contemplando las luces coloniales del parque desde el hotel, fue para mi madre una forma de evocar con infinita ternura aquel lejano año de 1985, cuando me llevó de la mano por primera vez a este suelo para dejarme internada en las aulas de la Escuela Nacional de Señoritas bajo la mirada y orientaciones de la directora de aquel internado, la inolvidable y eterna Celina Cabrales Santana.

Emprendimos el viaje en automóvil cruzando la carretera sinuosa que separa a Río de Oro de González. Al volante iba yo, aferrando la dirección con la firmeza que exige la penumbra, mientras que de copiloto me acompañaba mi padre, Elfido, guiando la ruta con su mirada de caminante eterno. En el asiento de atrás viajaba mi madre, envuelta en ese sutil y natural nerviosismo de quien teme a los misterios de las carreteras nocturnas y más si hay muchas curvas. Los tres avanzábamos en medio de un silencio denso y cargado de una tensión casi palpable. La falta absoluta de iluminación en la vía transformaba el asfalto en un túnel sin horizonte, una oscuridad profunda que se volvía más imponente al sabernos flanqueados por las estribaciones del mismísimo Catatumbo, esa misteriosa selva que guarda tantos ecos históricos con sabores agridulces en la serranía.

Aunque mi madre Elizabeth guardaba un silencio cómplice y sagrado porque entendía cuán crucial e importante era para su esposo asistir a este reencuentro con sus raíces, la conciencia del potencial riesgo de seguridad flotaba en el ambiente. Nadie hablaba, pero los tres orábamos en un coro invisible de fe. Sentíamos sobre los hombros el peso de un deber histórico ineludible: teníamos que llegar, debíamos acompañar a José Isaac Mendoza en su gran noche, sin importar los fantasmas de la incertidumbre. La fe siempre posee una fuerza superior a cualquier temor humano; por eso, nos adentramos con determinación en las entrañas de la penumbra y, finalmente, venciendo la noche, las luces andinas de González nos recibieron como un puerto seguro.
Las distancias de la provincia se acortan cuando las recorre el amor, y esa misma vía que alguna vez vio mis lágrimas de niña por la separación, nos vio ahora regresar convertidos en custodios de los relatos de nuestros mayores, desafiando la oscuridad con la linterna de los recuerdos compartidos.

Bajo ese influjo de memorias cruzadas, arribar a González y cruzar el zaguán de la naciente Casa Museo Centro de Historia «Carmelo Mendoza Picón» dejó de ser un compromiso formal para transformarse en una experiencia sagrada. Traspasar esas maderas antiguas significó adentrarse en las arterias de nuestro propio origen. Contemplar cómo la vieja estructura familiar se reconvierte en un cofre que resguarda el patrimonio colectivo me produjo un escalofrío de honda emoción. Las paredes ya no solo sostienen un techo; ahora sostienen las miradas, los suspiros y las certezas de las generaciones que nos precedieron en esta tierra de siembras y neblina.

El destino me obsequió la fortuna de vivir este acontecimiento junto a mi padre. Contemplar el brillo rejuvenecido en sus ojos al pisar de nuevo las baldosas de su juventud, y tener la oportunidad de alzar nuestra voz compartida en un saludo de entusiasmo y sincera felicitación, fue un instante de gracia absoluta. Mi intervención pretendió ser el eco del sentimiento común: un aplauso cerrado a la tenacidad de José Isaac Mendoza, ese guardián devoto que entendió que los hogares de los grandes hombres pertenecen al pueblo.
Con paciencia de orfebre, transformó la vivienda de su progenitor en un santuario donde la desmemoria no tiene cabida.
Por eso, en mis palabras durante la inauguración, sentí el deber profundo de hablar de otra figura elemental que habita el corazón místico de nuestra serranía: la cacica Leonelda Hernández. Al mencionar la caña panelera que hoy crece dulce y firme en el corregimiento de Burbura, es imposible no recordar que ese territorio fue la cuna ancestral de los indios Búrburas, la tribu indómita de esta heroína legendaria. Frente a los asistentes, insistí en la necesidad urgente de desescalar, de una vez por todas, ese oscuro estigma de «bruja» o «hechicera» con el que los cronistas españoles pretendieron sepultar su dignidad.
Hay que rescatarla del relato sesgado de la Inquisición para reconocerla como lo que verdaderamente fue: una lideresa descomunal.

Si Leonelda viviera en nuestros días, sería una influencer poderosa, una mujer con un eco inmenso capaz de mover multitudes a través de una sabiduría botánica y médica extraordinaria. Su estrecha comunión con los secretos de la naturaleza, aprendidos en la misma tierra que hoy produce nuestro sustento, le otorgaba la facultad de sanar los cuerpos y las almas de todo aquel que buscaba su auxilio. Esa inmensa vocación de servicio, compartida codo a codo con sus fieles aliadas, «las Marías» (María Antonia Mandona, María Pérez, María del Carmen y María Mora), no era hechicería; era medicina ancestral, empatía pura y liderazgo social. Se ganaron el respeto reverencial y el cariño entrañable de su comunidad porque curaban el dolor donde la corona traía opresión. Hay un cordón umbilical invisible que amarra el instinto protector y libertario de Leonelda con la estirpe visionaria y ordenadora de don Carmelo; ambos sanaron y guiaron a su comunidad frente a las tormentas de sus respectivas épocas.

La labor de José Isaac dignifica esa herencia de resiliencia y arraigo. Al rescatar manuscritos amarillentos, fotografías de mirada fija y utensilios que guardan el calor de los días idos, el museo nos regala un espejo donde mirarnos con orgullo. Al abandonar el recinto, sintiendo la brisa fresca que baja de los cerros y escuchando el repique lejano de una guacharaca que parece cantar una vieja puya vallenata, me invadió una paz inmensa. Comprendí que mientras existan voluntades capaces de encender hogueras culturales como esta, la identidad de González jamás se desvanecerá en la niebla del olvido.

Esta casa, viva y despierta, aguardará el paso de los meses para cuando el frío de finales de enero anuncie que el pueblo entero debe unirse en un solo abrazo. Allí, cuando las calles de la loma fresca se inunden con la devoción y la alegría de sus tradicionales fiestas patronales en honor a San Juan Crisóstomo, la Casa Museo abrirá de par en par sus estancias para recibir a los hijos ausentes. Los caminantes retornarán atraídos por el repique de las campanas, el júbilo de las comparsas, el ingenio de las carrozas artesanales y el calor de las verbenas populares.

En ese instante mágico en que la fe y el folclor se funden bajo nuestro cielo andino, el legado de orden de don Carmelo y la rebeldía botánica de Leonelda se harán más tangibles que nunca, demostrándonos que la memoria no es un mausoleo inmóvil, sino una fiesta perpetua que se baila con el alma. ¡Obras son amores, y este rincón es el testimonio más bello de amor por nuestra tierra!

Yarime Lobo Baute
Artista | Arquitecta | Escritora
Mujer Cafam Cesar 2022
Vigía del Patrimonio y latido vivo de la provincia caribeña.