El constructor del vacío: La ingeniería mística de Eduardo Ramírez Ocampo

 

Por: Yarime Lobo Baute

En el Caribe estamos condenados a saber, desde el primer aliento, que las cosas más reales son aquellas que no se pueden tocar. Lo sabían los viejos juglares de la provincia que transformaban la peste de un desamor o la fatalidad de un duelo en un canto eterno para ser silbado en las esquinas, y lo sabemos muy bien quienes hemos aprendido a mirar el río Guatapurí no como un simple torrente de agua fría que baja de la sierra, sino como un dios de piedra esquivo que dicta los destinos secretos de Valledupar. Por eso, encontrarse de frente con la obra, las confidencias y la vida entera de Eduardo Ramírez Ocampo es asistir a un milagro de la física, de la memoria y del espíritu: es presenciar el momento exacto en que la rigidez de un plano de ingeniería civil se rinde, conmovida y sin resistencia, ante la irrupción de la poesía.

Hay quienes insisten en encasillar los oficios de los hombres como si la mente fuera un mapa catastral con fronteras inamovibles de alambre de púas. Nos han educado bajo la sospecha de que el ingeniero es el ser que domina la materia fría; el hombre entrenado en los rigores de las líneas exactas, el cálculo estricto de estructuras, la proyección de concretos y la contención de las fuerzas físicas de la naturaleza.

Pero Eduardo posee una mente de doble tracción que desafía esa lógica cuadriculada. En su ser habita ese calculista metódico, pero también el artista indómito que desentraña el universo invisible en el mismo lienzo.

Cuando él toma los pinceles o moldea los volúmenes, no realiza operaciones matemáticas; ejecuta lo que bellamente ha denominado una “calistenia artística”, una especie de despojo sagrado donde la persona del ingeniero se duerme temporalmente para que despierte el habitante del mito. El resultado de ese trance no es una simple pintura decorativa para colgar en la sala: es la fundación de un ecosistema simbólico complejo que lleva por nombre “El Valle de Eupari”.

Pero los grandes giros de la existencia, esos que Gabriel García Márquez describía como golpes del destino que nos cambian de golpe el color de la sangre y el orden de los recuerdos, no se anuncian con trompetas ni avisos de prensa. Llegan con el peso demoledor del silencio. Cuando Eduardo enviudó, su estructura interna se quebró con la contundencia de un puente mal calculado que cede ante una creciente imprevista y brutal. El lienzo se quedó suspendido en blanco. El dolor fue un golpe tan profundo que el artista abandonó por completo los pinceles y las espátulas, refugiándose durante años únicamente en la frialdad matemática de la ingeniería civil.

El diseño técnico y el trabajo de campo no fueron una evasión cobarde, sino el cimiento duro, el muro de contención emocional necesario para sostener el peso de la ausencia absoluta mientras el luto iba perdiendo su intensidad abrasadora en la rutina del trabajo. El arte no regresó a él como un rapto de inspiración psicodélica o una iluminación inducida -Eduardo es tajante al aclarar que jamás ha recurrido al yagé ni a la ayahuasca para ver el más allá-, sino como un retorno lento, maduro y natural. Primero fue un dibujo sin pretensiones en hojas sueltas, luego el boceto ciego para calmar las manos, y finalmente, la pintura devolviéndolo a la vida y arrastrándolo de nuevo a su territorio sagrado.

Al regresar a su Valle de Eupari, Eduardo no buscó retratar la geografía dócil, folclórica y postal que ven los turistas apurados. Se convirtió, en cambio, en un arqueólogo minucioso de la memoria ancestral. Guiado desde finales de los años noventa por las lecturas del lingüista jesuita Javier Rodríguez Moreno y los textos fundamentales de Gerardo Reichel-Dolmatoff o Ernesto Restrepo Tirado, se sumergió en la cosmogonía de los indígenas chimilas, el pueblo Ette Ennaka.

De allí emergió su fascinación por el jaguar, que en sus lienzos no es una fiera de circo ni un adorno de leyenda, sino Konne: el mediador sagrado entre el mundo humano y el misterio, el protector místico del ecosistema. Su lógica pictórica es de una ecología profunda y conmovedora: donde habita el jaguar, la selva permanece sana.

En obras de su catálogo como Jaguar cazando paujil (2020), Eduardo nos recuerda que la depredación, la tensión y la vigilancia no son sinónimos de maldad, sino las fuerzas biológicas y las fricciones constantes que sostienen el equilibrio dinámico del mundo actual. Sus pérdidas personales se transformaron así en su propia y silenciosa metamorfosis artística.

Ese universo místico ha dado ahora un salto colosal del óleo de taller al acero blanco del espacio público. En el nuevo Centro Cultural de la Música Vallenata (CCMV), donde la inercia institucional y la opción más evidente habrían exigido la estatua predecible de un juglar de bronce con su acordeón al pecho, Eduardo Ramírez Ocampo ha plantado a KONNE: una monumental estructura blanca de cinco metros de altura y seis toneladas de peso en acero puro.

Un jaguar inmaculado que custodia el templo de nuestra música, recordándonos que antes del folclor estuvo el mito, y antes de la civilización estuvo el bosque seco tropical que hoy destruimos en nombre de un falso progreso.

Eduardo lo sabe, le duele y lo advierte con una frase que estremece el alma de la provincia: permitir que desaparezca la memoria simbólica y ancestral de nuestra tierra sería una tragedia tan inmensa e irreversible como desaparecer la guacharaca de la música vallenata.

Al final de nuestra enriquecedora charla, cuando le pregunté si la línea que une la ingeniería, el dolor de la pérdida y su renacer creativo delimitaba una frontera insalvable o si estaba organizando el mapa de su eterna libertad, Eduardo me regaló una certeza digna de los sabios antiguos que desmonta el mito del artista ermitaño. Me confesó con humildad que el arte ayuda muchísimo a sanar, pero que los afectos verdaderos -el abrazo sincero de un hijo y el milagro de la amistad que, como decía Bacon, duplica las alegrías y divide las angustias- son los que realmente nos sostienen en las densidades de la vida. Para él, el artista es verdaderamente libre solo cuando está creando, porque en ese instante exacto se encuentra más cerca de Dios.

Invocando a Benjamin Franklin, me recordó que «donde mora la libertad, allí está mi patria», aclarando que esa línea no separa mundos, sino que sigue trazando, día tras día, su propio territorio de libertad. Eduardo Ramírez Ocampo ya no calcula puentes de concreto para unir dos avenidas de Valledupar; hoy calcula las tensiones sagradas de los mitos, las sombras y el agua estática del Guatapurí para que el lienzo actúe como un organismo vivo. Él resuelve los problemas de la realidad tangible, pero nos regala las llaves de la invisible. Y en este territorio que nos pertenece a todos, su obra nos grita que el Valle de Eupari no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo sagrado de nuestros hijos.

Yarime Lobo Baute
Artista | Arquitecta | Escritora
Mujer Cafam Cesar 2022
Vigia de Patrimonio