“Ni un gramo más ni un gramo menos”: Piedad Vega mantiene vivo el legado de Fidelina Redondo

Con una fórmula que no admite errores — “ni un gramo más ni un gramo menos” — Piedad Vega Redondo mantiene viva la dulcería que su madre, Fidelina Redondo, fundó en 1960 y que será homenajeada en la octava Feria Gastronómica Nuestro Sabor de EL PILÓN, el 19 y 20 de septiembre.

Fidelina murió en 2020, pero en Valledupar su nombre sigue siendo sinónimo de dulce de paila. Aprendió el oficio de su madre, Nicolasa, quien tras separarse planchaba ropa ajena y aprovechaba lo que daba una estancia familiar cerca del río: toronja, papaya, millo y caña. Con apenas primaria y sin formación profesional, Fidelina se volvió una maestra empírica, especialista en pastillaje gracias a los utensilios y revistas que le traía su comadre Amantina Castro, incluida la copia de _El arte mexicano del azúcar_ que marcó su trabajo.

Hoy, en su casa todavía huele a toronja en almíbar, coco rallado y bollo de maduro. Ese era también un tertuliadero, recuerda Piedad: “La gente llegaba a tomarse el tinto o el agua de maíz y después compraba los dulces”.

Piedad creció viendo esa escena, pero se fue a Bogotá a estudiar cocina en el Hotel Escuela del SENA y se dedicó al catering y la cocina internacional. La muerte de su madre la devolvió a la paila. “Duré cuatro meses duros: desbaratando dulce y componiendo dulce”, cuenta.

El reto era rescatar la memoria gustativa de la clientela. Un cliente de 90 años, al probar un dulce de toronja que ella hizo, le dijo: “Aquí está pintada Fidelina”, porque distinguió que no era pomelo. Esa exactitud es la regla de oro que le dejó su madre.

Ahora Piedad vive su propia era. Cambió vitrinas y empaques, montó un pequeño micromuseo con las jeringas de decorar de Fidelina y se lanzó a las redes sociales para llegar a los jóvenes que hoy eligen brownie sobre chiricana o enyucado.

También enfrenta la escasez de frutas. La toronja sufre por las plagas de los cítricos, la papaya verde se desaprovecha y la grosella casi no se ve. Por eso compró una finca donde sembró icaco, grosella, toronja y papaya. Y ensaya nuevos cruces: coco con maracuyá, coco con mora, y un pendiente que ve claro: el dulce de mango.

El homenaje de EL PILÓN llega justo cuando busca revivir la tertulia que hacía única la casa.

“Quiero que vengan, escuchen un vallenatico de fondo, se tomen el cafecito y se coman los dulces. Valledupar es gastronomía, sabor y folclore”, dice Piedad.