La ley de la siembra en el folclor: Sandra Arregocés Maestre y la revolución femenina del acordeón
Por: Yarime Lobo Baute
Muchos años después, frente al pelotón de nostalgias que a veces nos impone la modernidad, habríamos de recordar aquella tarde mítica en que Valledupar entendió que el fuelle de un acordeón también se arrulla con manos de mujer. No fue un milagro de San Vicente, ni una de aquellas ráfagas de viento del norte que bajan de la Sierra Nevada de Santa Marta trayendo el olor a hielos olvidados; fue la terca persistencia de una pilonera vestida de sol.
Dicen los viejos de antes, con esa precisión macondiana propia de las verdades eternas, que la arquitectura de un pueblo no se levanta con el frío cemento de las construcciones modernas. Se construye desde el SER, desde el fogón de la memoria colectiva que se niega a extinguirse. En esta provincia de cantos machos, de reyes altivos y parrandas eternas bajo los palos de mango, las mujeres solíamos habitar el revés del canto: éramos la musa esquiva, la lágrima en la ventana o la cocinera silenciosa que sazonaba el sancocho mientras los hombres arreglaban el mundo a punta de versos y ron.
Toda gran revolución comienza con un murmullo, un rito de iniciación secreto que la historia oficial suele sepultar en el olvido. La herencia del canto femenino en el Valle no es un capricho reciente; es una estirpe de valentía que brotó en 1968, cuando una joven samaria llamada Rita Fernández Padilla convocó los desvelos de cinco amigas para sacudir la modorra de los prejuicios. Vestidas con el arrojo de la juventud, desafiando las miradas recelosas de una tarima que solo entendía de sombreros masculinos, fundaron Las Universitarias. Aquella agrupación fue el primer grito de libertad instrumental en el Festival Vallenato, una proeza mística aderezada con la voz de Stella Durán Escalona (sobrina del mismísimo maestro Rafael Escalona), quien más tarde se convertiría en la primera mujer en defender una canción inédita bajo el cielo de Francisco el Hombre.
Stella cantó el presagio de lo que venía, dibujando el mapa de una utopía necesaria en sus desvelos, pero el viento de la provincia suele dispersar las buenas intenciones si no encuentran una tierra firme donde echar raíces. El sueño corría el riesgo de quedarse flotando como un fantasma hermoso en las noches vallenatas.
Hasta que apareció ella para labrar la tierra. Sandra Arregocés Maestre llegó al folclor no para pedir permiso, sino para ejercer la ley ineludible de la siembra. Recogió la antorcha que encendieron Rita y Stella, adoptó los desvelos del pasado y, con una fe de carbón encendido, vio lo que los ciegos de la industria se negaban a mirar: una estirpe de muchachas tocadas por la gracia divina que sabían domar los bajos del acordeón con una fiereza nutridora, pero cuyas voces se ahogaban en el anonimato de los patios traseros.
Sandra, junto a su cómplice Hernando «Kuki» Riaño Baute, en un idilio quijotesco de esos que Ernesto MacCausland habría esculpido con su prosa pausada, digna y humana, parió el milagro llamado EVAFE (Encuentro Vallenato Femenino). Ella tomó la semilla flotante, la hundió en el barro de la realidad y la regó con su propio sudor. El nombre no fue azar; unió la génesis de Eva con la fuerza mística de la Fe.
Este festival, a mi juicio y parecer, partió en dos la historia de nuestra música, demostrando que cuando una mujer abraza el instrumento, el aire no pierde su arraigo, sino que florece.
Verla es presenciar una pintura viva del valle profundo. En la estrategia «De Vigía a Vigía» de la Red Colsafa | Obras son Amores, valoramos que Sandra no es una teórica de las piedras frías; es una «Vigía del alma» que caminó y camina en tiempo presente las aulas de la vida misma vestida con la pollera tradicional de ‘La Pilonera’, pero su mirada y su esfuerzo tienen un norte sagrado: las niñas. Sandra se ha consagrado en cuerpo y alma a rescatar, cobijar y pulir a esas pequeñas gigantes que cargan sobre sus pechos el peso bendito de un acordeón. No hay protocolo en su pedagogía. Mi primo Alonso Sánchez Baute, con su ojo quirúrgico para desvestir las almas de la provincia y desnudar sus verdades, diría que Sandra entiende el vallenato como un cuerpo vivo que respira, ríe, sangra y reclama su herencia femenina.
Cuando Sandra emprende, se siente en su andar el olor a café en olla y a maíz pilao, con su presencia inunda el ambiente de inmediato. Tiene como proyecto de vida enseñar a todas esas muchachas que Dios pone en su camino, con la paciencia de las viejas matronas de Patillal, que la identidad no se aprende en las pantallas de los teléfonos, sino escuchando el rumor del río Guatapurí y las crónicas secretas que bajan de la Sierra para transformarlas en pases de acordeón.
“El patrimonio, mis hijas Evafe, no son monumentos para mirar de lejos” parece decir con su sonrisa inquebrantable de mujer-raíz mientras le acomoda las correas del instrumento a una pequeña aprendiz. “El patrimonio es el fuego que resguarda la cultura para que ustedes puedan volar”.
La revolución de EVAFE ha coronado reinas internacionales, compositoras excelsas y cantoras que ya no tienen que esconderse en las habitaciones para que sus gritos heridos no parezcan aullidos de gatas encantadas en los tejados de la incomprensión.
Lo que empezó como un murmullo de universitarias y un anhelo en el alma de Stella Durán Escalona, Sandra lo transformó en una realidad de cañón para las nuevas generaciones de acordeoneras.
Hoy, estas almas niñas en rostro de mujeres sostienen el peso de los cuatro aires del vallenato con una dignidad que estremece. Son obras de amor intangible hechas realidad tangible.
Estamos en el mes que vio nacer un 16 de Julio a mi abuela patillalera Carmen Cristina Lora Molina, en honor a ella los invito a prepararse un delicioso tinto, acompáñenlo con una lengua de azúcar, o tostada de esas de Servipan y siéntense conmigo en la terraza del alma. Contemplemos este lienzo vivo donde Sandra Remedios sigue sembrando la semilla del folclor auténtico en las manos del futuro femenino. Porque mientras existan vigías capaces de gastarse la vida defendiendo el legado de los abuelos, el fogón de nuestra memoria jamás se va a apagar. ¡Se las dejo ahí! ¡Auuuuuuuuuuu!
Yarime Lobo Baute
Artista | Arquitecta | Escritora
Mujer Cafam Cesar 2022
Vigia de Patrimonio.

