Carmen Cristina: La matrona que sembró su casa en mis adentros

 

Por: Yarime Lobo Baute

 

En los adentros del alma, el pecho de mi abuela Carmen Cristina Lora Molina no alcanzaba para contener tanta vida; por eso prefería entregarla en los bocados, volverla canto y sembrarla en la tierra. Hoy el calendario marca su día, el de su nacimiento. Y aunque partió en el año 1992, el tiempo físico es una mentira cuando se trata de las matronas eternas. Carmen Lora es un patrimonio entero, una semilla viva que quedó esparcida en su descendencia, esa de la cual orgullosamente desciendo. Ella no se ha ido; sigue habitando cada rincón de mi existencia.

Ella nació en Patillal, allá donde las guitarras lloran de puro sentimiento y el viento baja de la Sierra Nevada con un olor sagrado a piedra, a frío y a misterio. Fue a una cuadra de la mítica plaza Alfonso López de Valledupar donde se erigió nuestro universo. Tardé media vida en entender que las paredes y el techo eran solo un ropaje: la verdadera casa siempre fue ella. Su cuerpo era el refugio, sus brazos el zaguán y su pecho el hogar definitivo donde se fraguó todo lo que soy. Heredé sus dichos, que eran leyes de vida dictadas con una gracia infinita; sus leyendas de ríos crecidos que me enseñaron a caminar sin miedo por la oscuridad, y esa bendita terquedad caribeña de no doblegarme ante el dolor, sino de responderle a los golpes con un cántico recio de la provincia.

Mi abuelita siempre repetía una frase que se me quedó grabada a fuego en el corazón: “Obras son amores y no buenas razones”. Ese se convirtió en mi lema de vida, una herencia viva de ella. Mi abuela era una costurera de la existencia. Hilvanaba las telas con la misma delicadeza con la que unía los retazos de nuestra historia familiar. Con sus propias manos cosía vestiditos con amor de matrona, prendas sencillas que luego iba a vender en aquel barrio naciente de invasión que alguna vez llamaron «Rojas». Pero su alma conquistadora e intrépida no se quedaba en el comercio; ella señoreaba las dificultades para sembrar conocimiento. Allí mismo, entre las carencias del sector, armó a pulso su propia escuelita. Verla educar a esos niños necesitados, dándose por entero a los demás aun cuando ella misma carecía, fue el máximo deleite de su paso por este mundo y la lección de amor real que me marcó para siempre.
Su labor de maestra sigue viva porque nos enseñó con hechos tangibles.

Estar a su lado era habitar un templo verde poblado por plantas que crecían solo por el gusto de escucharla, por perros leales, morrocoyos lentos como el tiempo y aves a las que les componía el día con sus melodías. Cómo no recordarla cantándole al gran loro Pepe, con esa complicidad absoluta que flotaba en el aire de la tarde vallenata: “Lorito real, lito de verte, porque soy liberal”. Su sabiduría no venía de los manuales, sino de la observación profunda de la naturaleza y del espíritu humano. Con esa agudeza única que la caracterizaba, solía soltar verdades como templos que se me quedaron grabadas en la piel. Me decía: “Yarime, hasta los árboles en el monte tienen su separación; unos sirven para ser santos y otros para ser carbón”. Con esa sola frase desnudaba el misterio del alma misma, las elecciones profundas y las preferencias de cada ser en este mundo amplio y complejo. Sabía leer la madera de la que estaba hecha cada persona. Y cuando las tareas eran duras o elegíamos caminos difíciles por pura pasión, remataba con picardía: “Sarna con gusto no pica, mi hija, y si pica, no mortifica”.

Porque el centro de esa arquitectura espiritual que es mi abuela estaba en su cocina. El laboratorio sagrado de su alquimia. Ver a Carmen Cristina Lora Molina frente a la estufa era presenciar la creación misma de mundos imposibles, descifrando los secretos del universo en la redondez de una arepa de maíz.
De ella aprendí a hallarle la magia al calor de las ollas, a ver en cada alimento una obra de arte gastronómica, viva y efímera. Ella me enseñó la premisa más hermosa de la abundancia: que en la cocina nada se pierde y todo se transforma, y que el bocado es infinitamente más delicioso cuando se comparte.

Hoy, justo hoy que la vida me sitúa frente al espejo de mis 53 años, me descubro repitiendo ese calco exacto de su esencia: labrando el mismo amor profundo por cada hoja que brota, por cada criatura que respira, hallando en el cuidado de mis animales y de mis plantas el cable a tierra de mi propia existencia. Ella se mudó a mis adentros, con todo su jardín y su vocación a cuestas.

Siempre había bocados listos para todo el que cruzaba la puerta; mi abuela los llamaba el batallón Bomboná. Una marea de gente hambrienta de comida y de afecto que encontraba amparo inmediato en su presencia. También preparaba un tinto delicioso y dulzón que repartía con unos panes largos y aplanados, cubiertos de azúcar, que llamábamos “lengua”. Por las tardes, el ritual se convertía en un deleite sagrado: sentarse a mecerse en la terraza esquinera de su hogar, viendo caer el sol vallenato. Mojar esa lengua en el tinto caliente sabía a pura gloria, pero la verdad es que la gloria siempre fue ella.

Allí, rodeada del olor a bastimento fresco, me grabó a fuego la única matemática en la que creo: “Donde come uno, comen dos, Yarime”. En su mesa la escasez se rendía ante la generosidad; el hacer de sus manos era la epifanía del dar. Esa cocina vive intacta en mí, la llevo puesta en cada latido.

La llamaron Carmen Cristina en honor a la Virgen del Carmen, la de los milagros de nuestro pueblo. Y hoy, en su día, con el peso de los años transcurridos desde su partida y la ligereza del alma, entiendo de dónde viene mi fuerza. La vida me ha tirado con fuerza, me ha puesto pruebas duras de esas que pretenden dejarte muda, arrodillada y sin canciones. Pero cuando el dolor quiere cercarme y cerrarme los caminos, yo no respondo con quejas. Respondo con mi arte, con mi arquitectura de trazos vibrantes de color y letras nacidas de las entrañas. Agarro los pinceles y le pinto colores encendidos a la tragedia; tomo la pluma y vuelvo el llanto poesía.
Hago de las pruebas la danza de la resiliencia. Si la realidad se quiebra en pedazos, recojo los fragmentos y armo un mosaico vibrante que esparzo como semilla en espacios públicos; si el dolor pesa demasiado, trazo líneas sobre el papel que mojo con acuarelas y fluyen cuáles notas en pentagramas, diseños vivos que narran el fluir de la existencia como las corrientes indomables del río Guatapurí. Es el pacto secreto que tengo con ella. Mi abuela siempre sonreía, así llevara la procesión por dentro; me enseñó que una matrona no se dobla. Por eso continúo de pie, con esta sonrisa inquebrantable que le pertenece a ella, esa que desafiaba a las tormentas y le recordaba al mundo que mientras hubiera alegría, la esperanza estaba a salvo.

Soy la que soy: mujer, artista desde las entrañas, arquitecta de profesión y escritora por herencia. Tengo la certeza absoluta de que la verdadera obra va más allá del cemento; son cimientos que se estructuran desde el SER y se traducen en el HACER. Estas palabras son esos amores intangibles y tangibles que están por encima de las mil y una razones. Honrarla hoy es mi forma de abrir las puertas de la casa espiritual que soy, mirar hacia el horizonte y entregar su legado sin rodeos.

Vieja querida, hoy tu nieta te cumple la promesa en el día de tu cumpleaños y en la fiesta de tu santa patrona. Los cimientos que me sembraste en el pecho siguen intactos. Hoy estás repartida en pedacitos en el corazón de toda tu descendencia, mirándonos e intercediendo desde el universo. Sigo escribiendo con tu sazón, sigo cantándole a tus dolores, sigo batiendo los ingredientes con tu misma entrega y sigo multiplicando el pan y la memoria. Porque mientras yo sonría, trace, pinte y narre el fluir de la vida, tu herencia seguirá abierta en mi alma y tu fogón jamás se va a apagar.