LA ESQUINA VERDE: Una librería que sembró cultura en el corazón de Valledupar

 

Por: José Rafael Daza Arias, PhD.

 

Hay recuerdos que navegan perdurablemente por nuestra memoria desde la infancia. Son huellas emocionales tan profundas que ni siquiera el paso del tiempo consigue borrarlas.

Aquella esquina ocupa un lugar muy especial en mis recuerdos. Forma parte del marco principal de la Plaza Alfonso López y se encuentra a un costado de la imponente torre del campanario de la iglesia de la Inmaculada Concepción, cuyas campanas anuncian el comienzo de cada celebración religiosa.

Durante la década de los años ochenta, aquella vieja casona esquinera, cubierta de tejas españolas, albergaba un establecimiento comercial que se convirtió en una auténtica referencia cultural para la ciudad: la Librería Silvera. Era el sitio obligado de visita para estudiantes, intelectuales, profesores, religiosos, poetas y abogados que acudían en busca de obras de la literatura universal, textos académicos, revistas, periódicos y publicaciones de las más importantes casas editoriales.

La fachada del establecimiento había sido pintada estratégicamente de un intenso verde pasto por su propietario, con el propósito de hacerla visible desde cualquiera de las cuatro esquinas que enmarcaban la plaza. Aquella iniciativa comercial estuvo acompañada de una ingeniosa estrategia publicitaria: un eslogan de gran impacto que comenzó a difundirse a través de una de las emisoras radiales de la época.

Su frase publicitaria terminó instalándose en el subconsciente colectivo de los radioescuchas y se convirtió en una referencia inolvidable para quienes frecuentaban aquel establecimiento. De esta manera, la esquina adquirió una identidad propia y llegó a consolidarse como un punto emblemático de la cultura, asociado inseparablemente al universo de los libros.

La frase de aquel eslogan era: «La esquina verde de la Plaza Alfonso López, donde la cultura lo espera en cada libro…».

Para Valledupar, la Librería Silvera representó mucho más que un establecimiento comercial. Fue un epicentro de conocimiento, un espacio para cultivar el amor por la literatura y un faro que contribuyó a la formación intelectual de toda una generación. Eran tiempos en los que internet todavía no formaba parte de nuestra cotidianidad y las grandes cadenas de librerías aún no habían llegado a nuestra región.

El escritor vallenato Alonso Sánchez Baute evoca en sus conferencias académicas a la Librería Silvera como un epicentro de la intelectualidad vallenata, por ser un punto de encuentro obligado para gestores culturales, compositores y representantes de la clase política.

En aquellos años, Valledupar vivía intensamente alrededor de la parranda y el licor. En medio de ese ambiente bucólico, la librería resplandecía como un oasis contracultural: un espacio donde las conversaciones giraban alrededor de la literatura, las noticias periodísticas y el acontecer nacional, mientras afuera, frente a la Plaza Alfonso López, transcurría la vida cotidiana de la ciudad.

También era el rincón indispensable para los estudiantes vallenatos, quienes encontraban allí los textos escolares, los diccionarios y las listas de útiles necesarios para iniciar cada año académico. La librería formaba parte de ese ritual que acompañaba el regreso a clases de numerosas generaciones.

La historia comercial y cultural de la librería se inició en el año de 1954 con su fundador don Roberto J. Silvera Benitez, un visionario hombre de negocios natural de Baranoa (Atlántico), cuya iniciativa empresarial se adelantó a las necesidades de su tiempo, convirtiéndose en el gran pionero librero de Valledupar.

Concibió el lugar no solo como un espacio de venta de texto y papelería, sino como un epicentro de difusión cultural en una ciudad que empezaba abrirse paso formalmente como capital del naciente departamento del Cesar.

Con el paso de los años, el negocio familiar paso a manos de su hijo Jaime Aurelio Silvera Henríquez (nacido en Cienega Magdalena), quien transformó su formato comercial y lo convirtió en una compraventa de libros usados.

Esta nueva modalidad logró consolidar un mercado alrededor de los textos escolares, cuya vigencia permitía que fueran utilizados durante varios años académicos. Muchos de ellos correspondían a ediciones que no estaban sujetas a las constantes actualizaciones de los textos contemporáneos, circunstancia que favorecía su reutilización y facilitaba la economía de numerosas familias.

Posteriormente, en el año se 1983, la librería traslada su sede a un costado de la Casa de la Cultura de Valledupar, bajo la gerencia de la esposa de Jaime Aurelio Silvera Henríquez, la señora Rosa María Torrez de Silvera (nacida en Chiriguaná, Cesar) en donde operó en los últimos años para dejar de existir físicamente y pasar a convertirse en un emprendimiento digital, liderado por su hija Margarita Silvera Torres (nacida en Valledupar), quien continua el legado familiar con la gestión de libros y la pasión por la difusión de la cultura.

Recordar la librería Silvera, es regresar a una época en la que los libros constituían una de las principales ventanas hacia el conocimiento. Es evocar un establecimiento que sembró inquietudes intelectuales, estimuló el pensamiento y contribuyó a enriquecer la vida cultural de Valledupar.

Hoy, cuando los medios digitales dominan buena parte de nuestras formas de comunicación y consulta, aquella librería permanece en la memoria como el testimonio de una época en la que las páginas impresas tenían un protagonismo extraordinario.

Porque hay lugares que no desaparecen cuando dejan de existir como establecimientos comerciales. Permanecen vivos en la memoria de quienes encontraron entre sus paredes una puerta abierta al conocimiento, a la imaginación y a los sueños.

Y aquella esquina, vestida de verde, seguirá estando en las memorias de la generación que se formó bajo la sombra de los árboles de mango de la Plaza Alfonso López.