Más allá de las urnas: el valor de la sensatez en una Colombia dividida

Por: Yarime Lobo Baute

 

 

Quienes me conocen de cerca saben bien que siempre procuro caminar por la vida bajo una estricta línea de coherencia y congruencia con mis principios, con el respeto por delante y con un sentimiento genuino e inquebrantable por el destino de nuestra amada tierra.

Por eso, al mirar con detenimiento el complejo panorama político que hoy se le impone a Colombia de cara al crucial balotaje del próximo 21 de junio, me resulta imposible guardar silencio. Sin embargo, debo confesar que escribir estas líneas no es una tarea fácil. No lo es porque la política actual tiene la amarga capacidad de traspasar las pantallas y meterse sin permiso en lo más sagrado que tenemos: nuestros hogares, nuestras familias y nuestros círculos de amigos más cercanos.

Asumir una postura pública en este momento histórico representa un ejercicio de tremenda tensión personal, especialmente cuando los afectos, la sangre y los lazos del alma se encuentran legítimamente divididos en orillas radicalmente opuestas.

Debo ser de una sola pieza y completamente sincera con el país: navegar esta encrucijada duele en el corazón, pero el amor profundo por nuestra patria nos obliga a buscar un punto de equilibrio, madurez y sensatez.

Por un lado del espectro político, se alzan voces y argumentos muy válidos que defienden con pasión la necesidad de una transformación estructural.

Son sectores, entre los que se encuentran personas que respeto profundamente, que claman por reformas sociales urgentes, por una justicia distributiva y por un proceso de deliberación institucional donde las comunidades históricamente excluidas tengan un asiento principal.

Es una visión que prioriza la inclusión, pero que a su vez despierta en muchos sectores un temor legítimo a la inoperancia, la excesiva parsimonia burocrática y un estancamiento que un país con tantas urgencias económicas no se puede permitir.

Por el otro lado del camino, se levantan con igual fuerza y convicción otro sector que también respeto profundamente y cuyas posturas reclaman de manera categórica orden, autoridad institucional y una mano firme en la gestión del Estado.

Son ciudadanos que añoran la reactivación de la seguridad ciudadana y la confianza inversionista como motores indispensables para el progreso, pero cuyo modelo también genera hondas preocupaciones debido a una retórica marcadamente confrontacional que amenaza con lesionar el tejido democrático, el pluralismo y el respeto por el disenso.

El verdadero drama para quienes buscamos una postura independiente no es simplemente escoger un tarjetón, sino asimilar la dolorosa realidad de que ninguna de las dos opciones encarna una solución perfecta o absoluta.

Ambas propuestas reflejan las profundas fracturas de una nación herida que busca respuestas a sus crisis, pero ambas cargan también con sombras que asustan al ciudadano común.

Reconocer esto abiertamente, manifestar dudas razonables y negarse a entrar en el juego de la radicalización ciega no es un acto de cobardía ni de apatía electoral; por el contrario, es un ejercicio de madurez democrática y un llamado urgente a la cordura en tiempos de tempestad.

Las elecciones y los gobiernos son transitorios, pasan como ráfagas en la historia, pero la familia, el tejido social de nuestras regiones y los afectos verdaderos deben permanecer intactos.

Ninguna contienda política, por definitiva que parezca, debería tener jamás el poder destructivo de dinamitar los puentes del diálogo y el amor entre los nuestros.

Al final del día, el verdadero y más grande desafío que enfrenta Colombia no se va a resolver de manera mágica en las urnas el próximo domingo.

La verdadera reconstrucción del país empezará el lunes siguiente, cuando nos toque sentarnos de nuevo en la misma mesa con quienes piensan diferente.

El futuro de nuestra patria no depende de quién gane el poder, sino de nuestra capacidad colectiva para sanar las heridas, respetar la diversidad de pensamiento y comprender de una vez por todas que una gran nación se construye sumando voluntades y visiones, pero jamás restando los afectos que nos unen.