Por: Yarime Lobo Baute
Abril no es un mes cualquiera; es el tiempo donde la tierra decide florecer y el aire se llena de una luz distinta. Es la magia de la primavera que nos habita, esa fuerza que nos empuja a nacer y renacer. En este calendario de afectos, Rafael Escalona Bolaño abre la puerta hoy, 1 de abril, y yo me preparo para seguirle los pasos apenas unos días después, el 12.
Compartimos no solo el mes, sino esa pulsión por la vida que solo los hijos de abril entendemos.
Hay hombres que cargan el apellido como una corona de espinas y otros que lo llevan como una capa de luz. Rafa pertenece a esa estirpe necesaria de los que han aprendido a caminar bajo la sombra de un gigante sin perder el brillo propio. Ser el hijo del Juglar, del hombre que le puso nombre a las nubes, podría haber sido una cárcel; para él, ha sido el pentagrama donde escribe su propia melodía con la integridad como única brújula.
Nuestra complicidad nace en ese territorio sagrado de los sueños. Rafa, mi amigo y cómplice de visiones inéditas, es el Presidente del Círculo de Periodistas de Valledupar, pero más allá del título, es un puente. Es el cronista que siente el latido de la calle, entendiendo que la palabra es un arma de construcción masiva y que la ética no se negocia.
Esa misma sensibilidad es la que lo llevó a aceptar, casi como un mandato del alma, mi petición de capturar la esencia de Mary Saurith Ribón de Ortega. Fue Rafa quien, con su lente respetuoso, tomó todas las fotos de los disfraces de Mary, esa mujer extraordinaria que se nos fue este Domingo de Ramos.
Ella, junto a Eduardo Santos Ortega y su hija María Isabel, preparaba con nosotros la versión VI de EmPoderArte de la Red Colsafa ese colectivo de voluntariado del cual hago parte, compuesto por grandiosas almas niñas en rostros de mujeres, exalumnos y exdocentes que, como Vigías de Patrimonio, avivamos las almas inspiradas en la canción “Dios no me deja” de Leandro Díaz, con arte, respeto y amor amor.
Teníamos todo listo para el 12 de marzo en el Centro Comercial Guatapurí Plaza de Valledupar, bajo el título «El Manifiesto de Mary Saurith», pero el destino obligó a suspenderlo esperando una recuperación que nunca llegó.
Hoy, esas fotografías de Rafa no son solo imágenes; son el testamento visual de una «Pilonera Mayor» y el tesoro de un colectivo que en pie de lucha contra el olvido.
Me sacude el alma ver cómo Rafa custodia legados. Lo hace con su padre, el gran Rafael Escalona Martínez, liderando junto a su hermana Taryn Escalona la Fundación Rafael Escalona. Allí, ambos se convierten en guardianes de los silencios del Maestro, asegurándose de que su memoria no sea un objeto de museo, sino una llama viva.
A ti, Rafael, mi cómplice de abriles y de brindis escasos de vino de corozo pero profundos en propósito: gracias por ser la voz que no se quiebra y el ojo que inmortaliza lo que el tiempo intenta llevarse.
Valledupar te escucha porque cuando hablas, el periodismo recupera su esencia y nuestro patrimonio recobra su aliento.
Feliz vida al arquitecto de su propio destino, en esta primavera que hoy nos celebra.
