El espejismo de la identidad: entre el instinto y la realidad
Por: Yarime Lobo Baute
Nos encontramos en una era donde la autopercepción ha pasado de ser un susurro del alma a un mandato social imperativo. Caminamos por un jardín de espejos donde cada quien elige qué reflejo proyectar, y la sociedad, confundida entre la empatía y la pérdida de norte, se siente obligada a aplaudir cada imagen, por muy desdibujada que esté de la naturaleza.
El fenómeno therian _personas que aseguran que su esencia interna no es humana, sino animal_ no es solo una curiosidad de las redes sociales; es el síntoma de una fractura profunda entre el sentir y el ser.
Recientemente, el episodio de una joven que intentó abordar un taxi identificándose como un canino, solo para chocar con la negativa lógica del conductor, nos pone frente a un espejo incómodo. No es una anécdota para la risa fácil ni para el juicio sumario; es la colisión inevitable entre la identidad simbólica y la realidad biológica.
El taxista no rechazó un sentimiento, protegió una norma. Porque la convivencia, ese delicado tejido que nos permite habitar el mismo mundo sin despedazarnos, no se sostiene sobre las mareas cambiantes de la subjetividad, sino sobre acuerdos compartidos de hechos verificables.
Como sociedad, hemos empezado a confundir el respeto a la persona con la validación incondicional de sus ficciones internas.
Identificarse con la nobleza de un lobo o la agilidad de un gato puede ser una metáfora poderosa, un refugio ante un mundo humano que a menudo nos asfixia con sus exigencias. Es comprensible buscar en el reino animal la autenticidad que la modernidad nos ha robado.
Sin embargo, la madurez psíquica no consiste en imponer nuestra metáfora al vecino, sino en saber habitarla sin romper el vínculo con lo real.
Cuando esa identificación exige ser trasladada al plano legal, funcional o público, entramos en un terreno peligroso. ¿Qué sucede con el sentido común cuando la autopercepción borra los límites biológicos?
No se trata de crueldad, se trata de lucidez. Si cada subjetividad exige una reestructuración del entorno para ser validada, el orden social se vuelve inviable. La libertad no es el derecho a que los demás vean lo que yo imagino de mí mismo; la libertad es la capacidad de ser fiel a la propia esencia sin pretender que la realidad se arrodille ante nuestros deseos.
Desde el «sentipensar», debemos mirar este fenómeno con ojos de compasión pero también de firmeza. La búsqueda de singularidad es un grito de auxilio en un mundo masificado, pero la respuesta no puede ser el delirio colectivo.
Sostener la verdad biológica no es un acto de odio, es un acto de amor hacia la estructura que nos permite convivir.
Necesitamos recuperar la capacidad de decir «te respeto como ser humano, pero no puedo validar tu identidad como animal en el espacio público».
Si perdemos la distinción entre lo que sentimos y lo que objetivamente somos, no estamos expandiendo los horizontes de la libertad; estamos debilitando los cimientos de la razón.
Cargamos universos distintos bajo la piel, es cierto, pero el oxígeno es el mismo para todos.
La convivencia nos obliga a entender que, sin importar el animal que alguien crea llevar por dentro, somos pasajeros de la misma nave biológica. Más nos vale no incendiar la cabina en nombre de la identidad, porque en este planeta, si se hunde la razón, nos ahogamos todos.

