La mujer que aprendió a escuchar el eco del dolor en el Caribe colombiano
El municipio de Agustín Codazzi, en el César, está ubicado al pie de la Serranía del Perijá y en medio de un territorio que durante décadas conoció el ruido del conflicto armado, el miedo de la ausencia y el eco del dolor. Esos sonidos llegaron a oídos de Elcy, una mujer nativa de esa localidad, que empezó a abrirse paso entre tantos gritos de auxilio y tiempos difíciles. Es una mujer negra, de mirada firme, madurez emocional y palabra serena. Su historia no comenzó en una oficina ni en un escenario público, empezó en los patios caseros, en reuniones cotidianas pequeñas, en conversaciones en el ocaso de la tarde con mujeres que necesitaban expulsar de sus corazones el miedo y hablar de lo que el conflicto armado había dejado en sus vidas.
Hace más de dos décadas decidió que su camino sería acompañar a otras. No por petición de alguien, sino porque entendió que en muchas comunidades el dolor suele callarse y eso hace más daño porque agota mucho la vida. Entendió que romper ese silencio sería el primer acto de dignidad y sanación. Desde entonces, su vida se ha entrelazado con la defensa de los derechos de las mujeres: madres, esposas, hermanas, hijas, tías, primas y sobrinas que han sufrido distintas violencias en el marco del conflicto armado en Colombia. Muchas de ellas, víctimas de violencia sexual, una de las heridas más profundas y menos visibles que dejó el conflicto. Elcy aprendió a escuchar sin juzgar, a orientar sin imposiciones y a abrazar la esperanza cuando todo parecía perdido.
Con el paso de los años, su liderazgo fue creciendo desde la confianza que las comunidades empezaron a depositar en ella. La han hecho liderar procesos organizativos, jornadas colectivas de documentación de casos y espacios de acompañamiento para víctimas. Desde esa vocación de servicio ha ayudado a construir escenarios donde las mujeres pueden contar sus historias, comprender sus derechos y encontrar rutas para exigirlos.

En la actualidad representa legalmente una asociación de mujeres víctimas emprendedoras, una especie de casa colectiva desde donde acompaña, organiza y orienta a quienes enfrentan la desaparición de un ser querido. En ese espacio, la búsqueda de personas desaparecidas empieza en la escucha. Allí llegan mujeres con preguntas que llevan años guardadas: madres que no saben por dónde comenzar, hermanas que nunca han denunciado, hijas que apenas empiezan a comprender lo que significa vivir con la falta de alguien.
Uno de esos caminos que decidió tomar Elcy fue acercarse a la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD), entidad humanitaria que lidera la búsqueda de los desaparecidos en Colombia, creada en el Acuerdo de Paz que se firmó 2016, con la misión de encontrar a las más de 135.000 personas que se encuentran desaparecidas en el contexto del conflicto armado.
El trabajo de Elcy no se ha quedado en Agustín Codazzi. Sus acciones han llegado a distintos rincones de la región Caribe de Colombia: Cesar, Magdalena, Atlántico, Sucre, Córdoba, Bolívar y La Guajira. En estos territorios ha organizado jornadas colectivas de escucha, encuentros comunitarios y espacios de orientación psicosocial donde las familias pueden compartir lo que durante años les costó decir, pues cada historia importa.

La Regional Norte de la UBPD se fortalece con la Red de Apoyo Operativo
En ese camino de acompañar a las familias, la experiencia de líderes y lideresas como Elcy encuentran una nueva forma de aportar a la búsqueda. Personas que se solidarias con la misionalidad de la UBPD, familiares que buscan a sus seres queridos y víctimas del conflicto armado en la región norte del país se han vinculado a la Red de Apoyo Operativo para la Búsqueda, una estrategia impulsada por la Unidad de Búsqueda que vincula personas humanitarias con vocación de servicio y decididas a contribuir activamente a encontrar a quienes siguen desaparecidos.
La red está integrada por hombres y mujeres de diferentes territorios del país que conocen las comunidades, el modo vivencial, sus caminos, sus culturas y sus historias. Personas que, desde su cercanía con la gente, ayudan a orientar la búsqueda, identificar posibles sitios de interés forense y recopilar información que puede resultar clave para encontrar a quienes aún no han regresado a casa. En algunos casos, también apoyan procesos que permiten ubicar a personas desaparecidas que podrían encontrarse con vida, activando la esperanza en muchas familias de recibir ese abrazo que distanció el conflicto y poder recuperar ese contacto perdido.
En esa red los que se involucran aportan algo invaluable: conocimiento de la cosmovisión del territorio, la confianza que ha construido durante años con las comunidades y su capacidad de tender puentes entre las instituciones y las familias. Esa presencia permite que muchas personas se acerquen con mayor tranquilidad a los procesos de búsqueda y comprendan que no están solos ni solas. Pues el concepto generalizado de quienes ayudan a tejer esta Red de Apoyo es que representa algo más que una estrategia institucional. Es la esperanza de que todas las familias colombianas puedan encontrar a sus seres queridos, sin importar su etnia, su religión o su orientación sexual. Puede ser un campesino, un integrante de la fuerza pública o alguien que hizo parte de un grupo. La prioridad es la misma: encontrarles.

El lado humano de la búsqueda
Las perosnas que apoyan los procesos de búsqueda consideran importante el trabajo de quienes, sin tener un familiar desaparecido, han decidido dedicar su vida a acompañar a otras personas en la búsqueda. Esa motivación nace de la convicción de aportar a la construcción de paz desde el trabajo comunitario. «Mi intención —dice Elcy— es aportar un granito de arena a este proceso de paz a través de mi labor social, llegando a las familias para apoyarlas y para que la búsqueda se convierta en un compromiso de todos».
La vocación de quienes buscan activamente es profundamente humana, de respeto y dignidad hacia la víctima, de solidaridad con las familias, de esperanza en un proceso y confianza en los que lo llevan a cabo. Cada paso exige comprender la historia completa: las dinámicas familiares, las condiciones sociales, las emociones que acompañan la ausencia y las particularidades de cada caso. Porque detrás de cada persona desaparecida hay una ausencia que se prolonga, una familia que sufre y una historia que merece ser escuchada.
En muchas regiones de Colombia, la búsqueda sigue siendo un camino largo. Pero personas como Elcy demuestran que la paz no solo se construye con acuerdos o entre instituciones. También se construye de la mano de quienes escuchan, orientan y acompañan, desde las comunidades, desde el liderazgo social y desde la esperanza colectiva. Donde alguien se atreve por primera vez a pronunciar en voz alta el nombre de quien falta.

