Lafaurie y Cabal: El Vuelo de las Alas de Plátano sobre un Damero Herido

Por: Yarime Lobo Baute

Desde mi Estación Alas, ese refugio sagrado donde el espíritu se eleva para observar los ciclos de nuestra tierra, les escribo con la transparencia que otorga el aire puro. Hoy el viento trae un mensaje doblemente aromático; no es solo el aroma del calabacín tierno que brota de esta tierra generosa, ese fruto humilde que sostiene la mesa de nuestros abuelos y simboliza la resistencia de lo esencial, sino el eco distante de un acordeón que viaja desde el Cesar, encontrándose en el camino con el repique de las campanas de una basílica vallecaucana.

Les hablo de corazón a corazón, no con la distancia gélida de una jueza, sino con la vibración de una hermana de esta tierra caribeña y andina, esta Colombia que nos teje con hilos de oro y nos desgarra, a veces, con espinas de olvido.

La noticia ha caído sobre el país como un rayo en tarde de sequía en este 2026: José Félix Lafaurie, paisano apreciado, hijo de esa comarca valiente de Codazzi —pueblo que aún guarda en sus poros la nostalgia de los tiempos idos del oro blanco, cuando las motas de algodón cubrían el horizonte como nieve cálida—, junto a María Fernanda Cabal, han anunciado su renuncia al Centro Democrático. Es un sacudón sísmico en el damero político, una grieta necesaria en el tablero donde creíamos que las fichas eran inamovibles.

Lafaurie viene de esa estirpe de hombres que vieron cómo una economía entera se desvanecía; vio cómo el esplendor del algodón se marchitaba ante sus ojos y entendió la valentía de sobreponerse a una economía ida, reinventando la vida sobre la piel de la ganadería. Por su parte, la Cabal emerge de las entrañas de la hidalga Guadalajara de Buga, esa Ciudad Señora del Valle del Cauca donde la fe se funde con el carácter y el aroma de los cañaduzales impregna el alma de quienes no temen decir lo que piensan. Buga, con su historia de milagros y de resistencias coloniales, le ha otorgado a ella ese temple de mujer que no se dobla ante los vientos de la corrección política. Juntos, representan esa amalgama de la Colombia profunda: la resiliencia del Caribe seco y la firmeza del Valle señorial.

Imaginemos por un instante el escenario: un partido que nació como un mandala de resistencia, hoy ve cómo dos de sus columnas más robustas deciden soltar amarras. Ella, con su voz de fuego que resuena desde las casonas de Buga; él, con su sabiduría de tierra y sequía aprendida en Codazzi. Se van cuestionando un mecanismo interno que no les representa y proponen una escisión digna, un adiós que no busca la destrucción del nido, sino la libertad del vuelo.

En su carta hay un aroma a orgullo herido, sí, pero también hay una fragancia de responsabilidad histórica. No es el gesto de quien busca venganza en la penumbra; es el suspiro profundo de quien dice “hasta aquí” para poder respirar un aire que no sea el de la asfixia de las estructuras cerradas.

En esta renuncia yo leo el eterno ciclo que llevo tatuado en el alma: después del colapso, viene el despliegue. El damero blanco y negro —ese tablero de dualidades binarias que nos ha partido el espíritu en Colombia: izquierda o derecha, campo o ciudad, paz o guerra— se agrieta para dejarnos ver el barro fértil que hay debajo, ese que no tiene bando sino necesidades.

Lafaurie sabe de ciclos: sabe que después del fin del oro blanco, la tierra no murió, sino que esperó otras manos. María Fernanda sabe que en el Valle, la zafra tiene su tiempo y el descanso también.

Ambos entienden que las grietas permiten que la lluvia penetre hasta la raíz. Sus palabras no son caricias de seda; son voces que arden y despiertan como el vinagre de ají bravo, ese que al probarlo nos corta la modorra de los consensos tibios y nos obliga a sentir la realidad de un país rural que a veces la capital ignora desde sus alfombras perfumadas.

Pero detengámonos a ponderar: ¿qué nos susurra este movimiento al oído? Nos dice que las instituciones envejecen si no permiten que el polen circule. El monolitismo es una cárcel de cristal; las alas necesitan la inmensidad del cielo para batirse sin destrozar el nido. El Centro Democrático enfrenta hoy una crisis que debe ser, por fuerza, una catarsis. No celebren esta división como una derrota; lamentémosla como una herida en el cuerpo colectivo de la nación.

En un país que aún sangra por la polarización, cada fractura es un pétalo arrancado a nuestra esperanza de unidad.
Y aquí es donde brota lo propositivo: que esta renuncia no sea un fin, sino una semilla.

Sueño con que Lafaurie y Cabal construyan puentes nuevos que unan el sentir del Cesar con la fuerza del Valle del Cauca. Quizás un movimiento que integre lo rural profundo —ese que huele a calabacín fresco, a bosta y a la resiliencia de quienes sobrevivieron al fin del algodón— con lo femenino valiente que nace en Guadalajara de Buga.

Colombia ya no aguanta más trincheras. Necesitamos menos fusiles verbales y más pistas de baile, donde el caos de las ideas se convierta en una coreografía colectiva, como en un buen festival vallenato o una feria de Cali: donde cada quien carga su propio instrumento, pero todos terminan tocando la misma melodía de una patria con justicia social y respeto.

Paisanos: les envío un abrazo que sabe a hogar y a camino largo. Que su paso al costado sea un despliegue hacia la libertad de pensamiento. Que todos nosotros —ya seamos del magenta eterno, azul profundo, verde, amarillo,
naranja o rojo— recordemos siempre que del tropiezo más amargo nace el paso más firme.

Que de esta noche partidista surja, por fin, un amanecer que bañe de luz la patria entera.
Del caos, que nazca la danza.
Del colapso, que broten alas de plátano que abracen con su sombra fresca al Cesar, a la Ciudad Señora de Buga y a cada rincón de nuestra geografía herida.

Con un amor que no cabe en las siglas de ningún partido político, porque mi único partido es la vida y mi única bandera es el amor, la fe y la esperanza, siendo el mayor de ellos el AMOR.

Yarime Lobo Baute
Artista / Arquitecta / Escritora