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El lienzo oculto en la galería: las alas de Aura Rosa

 

Hay silencios que pesan más que las piedras del río, silencios antiguos que heredamos sin pedirlo y que nos van secando el alma por dentro. Hoy es 10 de septiembre, el día en que el mundo se detiene a mirar de frente ese dolor invisible que tanto nos cuesta nomb rar. En Valledupar las cifras de suicidio no son números fríos; son ausencias que duelen en las esquinas de los barrios, son vidas rotas por gritos que se ahogaron para no manchar el bendito apellido.Por eso, desde las entrañas de la estrategia “Tenemos que hablá” (ese abrazo colectivo y urgente que tejemos junto a los concejales Lalo Gnecco, Ronald Castillejo y la Universidad del Área Andina), entiendo que la palabra no es un lujo, sino un bálsamo que salva vidas. No podemos seguir cuidando las fachadas coloniales y las apariencias a costa de la felicidad de nuestra gente. Con el alma desnuda, con el sentipensar de mi tierra caribe, hoy rompo el pacto del secreto familiar. Traigo de vuelta a mi tía abuela, Aura Rosa, no para desenterrar culpas, sino para liberar el porvenir de esas cadenas invisibles que nos impiden respirar en libertad. Porque hablar sana, y recordar desde el amor puro es la única forma de que nuestras mariposas vuelvan a remontar el vuelo. Aquí está su historia, que es también la de muchos de nosotros.

El lienzo oculto en la galería: las alas de Aura Rosa

Donde hoy se levanta la galería Picasso en Valledupar, a media cuadra de la plaza principal, existió una vez el hogar enclavado por el próspero comerciante José Francisco Baute Trespalacios. Hay una ironía mística, una sincronía que estremece el tiempo, en esa coordenada específica de nuestra geografía urbana.

Pareciera que el nombre que hoy lleva su casa de origen no fuera un azar comercial, sino una placa de homenaje secreta y permanente a la vida y obra de Aura Rosa Baute Pavajeau, mi tía abuela, la hija menor, cuyo nombre hoy apenas se pronuncia en susurros temerosos dentro de las salas familiares. Al igual que el genial pintor español, que fracturaba las líneas perfectas de la realidad para gritar las verdades más incómadas a través del arte, la existencia de Aura Rosa merece ser contemplada como una obra cubista: un lienzo de planos superpuestos, de luces intensas y sombras severas, donde desarmar la apariencia es el único camino para comprender el fondo.

En la primera etapa de ese cuadro familiar, los trazos son rígidos y monocromáticos.

Martina Pavajeau Medina, su madre, originaria de Fonseca, encarnó la severidad de una época implacable, dibujando contornos estrictos donde el linaje y la clase eran las únicas líneas permitidas para preservar el legado. Bajo esa perspectiva vertical, se inocularon miedos y lealtades invisibles que terminaron por malograr las alas de su hija menor. En lugar de permitirle vivir una vida a plenitud, el sistema tradicional la trató bajo esa lógica inconsciente que ve a los hijos como activos obligados a retornar réditos sociales y morales, cargándolos con expectativas ajenas que no les corresponden.

Aura Rosa quedó atrapada en ese plano del cuadro, atada a un estado de soltería que en aquellos años se vivía como una condena de subordinación absoluta al lado de una madre severa.

Pero si uno cambia el ángulo de visión, como quien busca la perspectiva oculta en un cuadro de Picasso, el lienzo se llena de un color desbordante y vital. En el patio y traspatio de aquella casa colonial, el aire se transformaba por completo; allí crecían frondosas las plantas de caballero de la noche, inundando las estancias con unos aromas de ensueño que desafiaban la rigidez de las paredes. En ese refugio perfumado, la verdad de Aura Rosa resplandecía con la luz intrépida de la tregua.

Quienes la recuerdan con cariño, esas sobrinas que hoy ya rozan la tercera edad, rompen la geometría del silencio y la evocan como una mujer alegre y emprendedora.

La recuerdan cruzando el umbral de la casa para llevarse libremente a los hijos de sus hermanos Zenobia y Guillermo, un puñado de sobrinos felices, a pasear y a fundirse en la libertad del río. En esas corrientes, lejos del estricto protocolo de la sala, ella pintaba su propio espacio de libertad.

Cada vez que llegan noticias de almas que deciden partir antes de tiempo en Valledupar, donde los indicadores de salud mental mantienen en vilo a las autoridades, el cuadro de Aura Rosa cobra una vigencia dolorosa. Las cifras de autoeliminación y los intentos de suicidio en nuestra capital no son datos estadísticos aislados; son las líneas quebradas de un tejido social fracturado por silencios forzados, impuestos para salvaguardar apariencias y lealtades ciegas. Cuando a un ser humano se le obliga a sostener el estandarte del linaje a costa de su propia felicidad, el SER se asfixia.

El adoctrinamiento que enseña a callar para no manchar el apellido es el mismo que mutila la capacidad de imaginar un mañana distinto.

Dejar ser a los hijos, sin imponerles el peso de deudas emocionales del pasado, es la urgencia más sagrada de este tiempo.

El árbol familiar repite sus partituras en busca de redención en los rostros de las nuevas generaciones. Su hermano mayor, mi abuelo Camilo Apolo, inició la estirpe, y años después, mi madre Elizabeth, la menor, sintió la misma pulsión protectora de quedarse al lado de su madre, Carmen Cristina Lora Molina; una repetición que el destino afortunadamente transformó al casarse con mi padre, Elfido Armando Lobo Neira, rompiendo el ciclo estático. No busco juzgar los códigos de una época que hizo lo que pudo con sus propias herramientas, ni pretendo incomodar los altares de la memoria familiar; lejos de cualquier afán de señalar las costumbres de antaño, esta mirada nace del deseo profundo de abrazar nuestra historia con compasión.

Es una invitación amorosa a mirar de frente nuestros dolores compartidos, entendiendo que transformar el silencio en palabra y abrir las ventanas del pasado es la única forma de airear el alma colectiva, liberar el porvenir y dejar el mejor legado para los que vienen.

Hoy no estoy sola en esta búsqueda de luz. Otros parientes conscientes de este nudo invisible nos hemos unido en una corriente silenciosa de oración por su alma.

Desde la intimidad del espíritu, oramos para que allá donde se encuentre su energía, ella sonría plenamente y sepa, con certeza absoluta, que se le ama profundamente en su linaje de origen. Su partida no fue en vano; su paso por la Tierra dejó gratos recuerdos, risas sembradas en las orillas del agua y una estela de calidez que el tiempo no pudo marchitar.

Al mejor estilo de la película Coco, esta columna se erige como un altar vivo, una ofrenda de gratitud eterna por su vida y su partida.

Es un recordatorio de que los muertos solo desaparecen cuando no queda un alma viva que los evoque desde el amor puro, y hoy Aura Rosa vuelve a habitar su espacio legítimo en nuestra memoria.

Este texto es también un llamado urgente a la conciencia, una invitación colectiva a la liberación de esas cadenas invisibles que, tejidas con miedos ajenos y mandatos ancestrales, vuelven insoportable la levedad del ser.

Cuando la existencia pierde el anclaje de la autenticidad y se convierte en una coreografía vacía para agradar al entorno, el alma se asfixia.

Necesitamos romper los pactos de ocultismo para que la vulnerabilidad deje de ser un tabú y se transforme en el puente definitivo hacia la sanación. Reclamar el derecho a vivir a plenitud, sin deudas morales con el pasado, es el único camino para que las almas del presente y del futuro puedan respirar en libertad.

Cierro los ojos, inhalo el futuro, exhalo el pasado y respiro el presente. Me quedo luego en un vacío donde no hago nada de estas tres acciones y veo el río… Allí, en esa suspensión absoluta del tiempo que solo el sentipensar caribeño comprende, el agua detiene su marcha brava.

Como en el viejo cantar de Octavio Daza, las corrientes se vuelven testigos quietos y el Badillo hace coro silencioso en las arenas para resguardar el reflejo nítido de su alegría pura, de aquellos días donde Aura Rosa reía libre con los suyos.

En este vacío místico, el perfume de los caballeros de la noche brota directamente de la página y el follaje de los mangos centenarios en la galería Picasso se estremece con el susurro de una mariposa dorada que remonta el vuelo sobre la orilla.

No es física; es el alma de Aura Rosa Baute Pavajeau que al fin rompe el secretismo de los hombres, recordándonos la gran enseñanza que nos dejó la película Coco: la verdadera muerte no es la de la carne ni la de los huesos, sino el olvido.

Aquellos que se marcharon solo desaparecen del todo cuando en la Tierra ya no queda nadie que los recuerde desde el amor y la gratitud. Hoy, al poner su nombre en letras claras y sin miedos, coloco su fotografía en el altar de nuestro árbol familiar.

Su luz ya no se apagará en la penumbra del secreto; mientras respiremos y tengamos la valentía de hablar, la memoria de mi tía abuela Aura Rosa seguirá viva, libre y sonriendo en cada rincón de nuestra historia. La verdad siempre sobrevive al paso y peso de los años, en especial al olvido cuando se le rescata desde el corazón.

Yarime Lobo Baute
Arquitecta | Artista | Escritora
Mujer Cafam César 2022

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