Por: Yarime Lobo Baute
En el Caribe estamos condenados a saber, desde el primer aliento, que las batallas más hermosas de la existencia casi siempre las ganan los ausentes. Lo sabían los viejos juglares de la provincia que transformaban la fatalidad de un luto en un canto eterno para ser silbado en las esquinas, y lo sabemos muy bien quienes hemos aprendido a mirar el territorio no como un frío mapa catastral de cemento, sino como una arquitectura viva que respira, sufre y recuerda a través de sus raíces. Por eso, saber que se logró la declaratoria oficial de los primeros siete árboles patrimoniales de Valledupar es apreciar desde la inquebrantable fe que no es un simple acto administrativo de la burocracia municipal. Fue, en estricta justicia poética, el momento exacto en que una semilla sembrada con terquedad rompió el asfalto del olvido para hacerse inmortal.
Esa semilla tiene un nombre y un apellido que a muchos nos estremece el pecho: Miguel Ángel Sierra. Para quienes tuvimos la fortuna de habitar sus días, «Migue» fue un amigo del corazón, un cómplice absoluto de sueños y el gerente de alma franca que guio con paciencia mis pasos cuando me atreví a caminar los senderos de la política hace más de diez años.
Fue él quien, desde la trinchera de la Mesa del Árbol, sembró en Valledupar el amor por nuestros gigantes verdes, acuñando ese término que repetía como un mantra para combatir la indiferencia urbana: Urbasol.
Al ver hoy este acuerdo finalmente aprobado de forma unánime por el Concejo, resulta imposible no sentir que su herencia nos abraza en un mismo punto de la historia. Pero esta victoria no llegó por azar; llegó porque un hombre decidió no dejar morir su memoria. Al persistir con una insistencia casi sagrada en esta causa, el periodista y docente Martín Mendoza ha logrado el milagro de que la voz de nuestro eterno «Migue» rompa el silencio del polvo y siga resonando, más viva que nunca, en las calles de la ciudad que tanto le dolió.
Detrás del aplauso unánime en la corporación no hubo milagros gratuitos, sino la terquedad indomable de Martín. Detrás de este hito hay un camino largo, pedregoso y a veces ingrato, marcado por foros extenuantes, mesas técnicas y la frustración de aquel decreto fallido en la época del Mello Castro que amenazaba con sepultar la iniciativa en el rincón de las buenas intenciones.
En una ciudad donde el progreso mal entendido y el cemento parecen ganarle la carrera a la memoria, sostener esa bandera requería una dosis de locura hermosa. Martín cargó con ese estandarte sin mirar atrás. A través de sus crónicas en las páginas de El Pilón, convirtió la palabra en un escudo indestructible para blindar estas raíces sagradas. Los cronistas pasamos la vida contando los milagros y dolores de los demás, pero Martín, casi sin dársele cuenta, terminó por convertirse en el Vigía y custodio definitivo del patrimonio de nuestra tierra.
Su ejercicio periodístico nos demostró que la palabra no es solo un registro del día que pasa, sino una forma de guardianía cultural idónea para salvar del hacha lo que nos define.
De ese fuego cruzado entre la academia y la provincia nació un prodigio propio del realismo mágico: el proyecto «LOS ÁRBOLES CANTAN». Con esa hermosa y poética idea, Martín Mendoza sedujo al Concejo Municipal y logró el respaldo político definitivo de su presidente, José Eduardo «Lalo» Gnecco. Junto al profesor Andrés Guerra Mendoza —sociólogo y músico—, Martín demostró que los árboles de Valledupar guardan melodías en sus cortezas.
Al preguntarle a qué nos suena ese canto hoy en día en las esquinas de la ciudad, Martín me respondía con la sensatez de los que ven el vaso medio lleno: no es un silbido de lástima ni un ruego de auxilio; es un canto de victoria que apenas comienza. Es una sintonía necesaria para construir nuevas narrativas que lleven a los ciudadanos a relacionarse mejor con su entorno; a conocer el paisaje para poder quererlo.
Ahora, Martín se lleva esta lucha muda hacia las aulas de la UDES, convirtiéndola en el eje fundamental de su maestría en pedagogía ambiental para el desarrollo sostenible. La tarea que viene es la más difícil: convocar a sociólogos, comunicadores, ingenieros forestales, diseñadores, políticos y a la comunidad en general para entender que un árbol patrimonial no es un adorno de la vía pública ni un capricho estético para la foto del recuerdo, sino un cimiento de nuestra propia supervivencia biológica y cultural.
Martín está bregando para articular la exactitud de la ciencia con la amplitud de las ciencias sociales, demostrando que la gestión ambiental debe ser integral y participativa.
Si Miguel Ángel Sierra pudiera aparecerse de repente con su sonrisa franca y sentarse en esa primera mesa de trabajo que Martín organiza en la UDES, sé con absoluta certeza cuál sería su primer consejo: nos pediría un compromiso institucional vehemente y sin fisuras para que el canto de nuestros árboles nunca se apague.
El pasado 2 de julio las hojas del histórico algarrobillo de la Cardiovascular, el viejo caucho de la Gobernación, el mango de la Plaza Alfonso López y las ceibas de Los Músicos, La Nevada y Santa Lucía brillaron con una luz distinta. Migue ya no camina por el asfalto, pero gracias a la persistencia inquebrantable de Martín Mendoza, nos dejó un ejército de siete guardianes vivos que vigilan nuestra historia.
Nos toca a nosotros, los herederos de la palabra, rodear esta labor, porque como bien lo ha sembrado este debate en el alma del Cesar, el Valle de Eupari no es una herencia de nuestros padres, sino un préstamo sagrado de nuestros hijos.
