Por: Yarime Lobo Baute
Soy la que soy: mujer, artista desde mi esencia, arquitecta de profesión, escritora desde el alma y una convencida absoluta de que la verdadera obra de la vida trasciende por completo los cementos. Las estructuras que realmente importan son aquellos cimientos intangibles que se erigen desde el SER, se traducen en el HACER y traen como consecuencia un mejor TENER. Por eso, cuando miro el panorama de nuestra amada tierra —esta macondo viva donde el viento todavía susurra secretos de los abuelos entre las grietas de las viejas paredes de bahareque—, no puedo evitar pensarlo desde la curaduría del alma, despojada de las camisas de fuerza ideológicas que pretenden encasillar nuestra libertad creativa.
No soy de izquierda, no soy de derecha, ni de ese tibio y difuso centro que camufla la cobardía de la falta de postura. Esas etiquetas son moldes estrechos y grises que le roban el color a la realidad, reduciendo la vibrante complejidad del ser humano a una aburrida y estéril trinchera binaria.
En este caminar, he aprendido que no se puede hipotecar la mente a las emociones del momento. Vivimos sumergidos en un ruido ensordecedor donde el miedo, la rabia y el resentimiento se han convertido en la moneda de cambio de los mercaderes del caos. Reaccionar desde la víscera, sin detenerse a procesar el trazo, es como levantar un muro sin planos: tarde o temprano la gravedad hará lo suyo y se nos vendrá encima. El verdadero acto de rebeldía en un universo convulso no es gritar más fuerte en la plaza pública, sino detenerse a respirar, recuperar el sagrado don del asombro y activar el pensamiento crítico antes de actuar. Cuando permitimos que nos gobierne el impulso reactivo, entregamos la autoría de nuestra propia existencia a quienes manipulan nuestras flaquezas para usarnos como peones en tableros ajenos.
Hay que aprender a decidir más allá de las confrontaciones estériles que fracturan comunidades y marchitan la alegría de nuestros patios floridos.
El verdadero faro que debe guiar nuestro rumbo colectivo no es el caudillo de turno ni el discurso encendido de la tarima, sino nuestro marco constitucional. La Constitución es el plano maestro, el diseño original que nos recuerda un principio sagrado, vinculante y profundamente integrador: la prevalencia del bien general sobre el particular.
Cuando entramos a la urna, el desafío no es hacer ganar a una facción para aplastar a la otra; el verdadero reto es blindar lo institucional, garantizar que las reglas del juego nos protejan a todos por igual y entender que el bienestar del colectivo es la única garantía real de sostenibilidad en el tiempo.
Es urgente superar el viejo sofisma de esa «igualdad» plana y homogénea que a menudo se nos vende como la panacea social.
La igualdad absoluta, impuesta a la fuerza, es una ilusión óptica que anula la riqueza de la individualidad, apaga el mérito y destruye la diversidad. Lo que realmente debemos defender con pasión es la equidad. Propongo, desde mi rincón de creación, sentipensar la equidad: un ejercicio profundo donde la razón se sintoniza con el latido del corazón para comprender las realidades diversas de nuestro entorno.
Sentipensar la equidad exige un respeto absoluto por los procesos de cada cual; cada ser humano posee un ritmo, una historia, un dolor y un esfuerzo propio que no pueden ser borrados ni estandarizados por un decreto burócrata. La verdadera justicia social no nivela por lo bajo, sino que potencia las capacidades individuales para ponerlas en armonía con la unidad colectiva.
Por eso hoy, desde este presente que nos confronta en tiempo real, te hablo a ti, que compartes conmigo el milagro de habitar este suelo bendito donde los sueños florecen en los árboles de cañaguate.
Despojémonos del ruido ajeno que intenta secuestrar nuestra paz.
La verdadera obra de arte ocurre cuando decidimos diseñar la vida con la mística y la coherencia de nuestros ancestros.
No hipotequemos el futuro al impulso de un segundo; respiremos hondo y asumamos la coautoría de nuestra historia.
Los invito a dejar de ser espectadores del caos para convertirnos en los maestros de obra de una sociedad en equidad.
El plano maestro está trazado, el pincel es consciente y la decisión de edificar sobre el bien común nos pertenece.
Al final del día, las obras son esos amores, tangibles e intangibles, que se sostienen con la firmeza del algarrobo por encima de las mil y una razones de la discordia.
!A sentipensar el futuro, que el momento de construir es ya!
