Por: Yarime Lobo Baute
Hay seres que no necesitan permiso para volverse eternos, porque su vida misma es una obra de arte tallada en la paciencia, la resiliencia y un amor innegociable por lo nuestro. Hoy, desde esta trinchera de afectos y memorias que es la Red Colsafa, mis letras se visten de gala y se cargan de nostalgia bendita para abrazar a una mujer que es, en sí misma, un manifiesto de resistencia y elegancia: nuestra amada Cecilia Lúquez Soto.
Hablar de Cecilia es evocar, en primer lugar, la valentía de aquel sonido de acordeón que supo romper el silencio impuesto por el machismo en las parrandas de antaño. Pero más allá de los pitos y los bajos, Cecilia es la guardiana de un patrimonio intangible que reside en el gesto sutil, en el rigor del protocolo y en esa danza sagrada que nos convoca cada abril bajo el sol de Valledupar. Ella es el vivo ejemplo de que la distinción no es un accesorio, sino un estado del alma.
Cómo no conmoverse al recordar ese hilo invisible que la une a nuestra inolvidable Mary Saurith, quien partió este Domingo de Ramos a bailar con los ángeles, dejando un vacío que solo la fe logra mitigar. Cecilia, junto a Mary y la siempre presente Nidia Galvis, conformaron ese trío de amigas inseparables; una cofradía de mujeres Colsafa que entendieron, mucho antes que todos, que la amistad es el cimiento más sólido sobre el cual se construye la cultura de un pueblo.
Como exalumnas del Colegio la Sagrada Familia, Cecilia y sus compañeras de ruta —Elizabeth, Gloria Baute, María Escorcia y Katia Montero— han sido las custodias del legado de otra de nuestras grandes referentes: la Cacica, Consuelo Araujo Noguera. Participar en la comparsa de Piloneras Mayores no es, para ellas, un simple desfile; es un acto de fe y de identidad. Es el rito donde el pilón deja de ser madera para convertirse en el latido del Cesar.
En estos días de ensayos intensos, donde el aire se siente distinto tras la partida de Mary, la Red Colsafa se prepara con más vigor que nunca para nuestra quinta puesta en escena este próximo 29 de abril. Ver a Cecilia allí, firme, con su porte de reina y su compromiso intacto, es el recordatorio de que somos Vigías de Patrimonio no por título, sino por herencia y convicción. Su aprecio por esta red y su cercanía con mi labor son el motor que impulsa este proyecto de «Obras son Amores», donde cada paso de baile es una oración por la memoria de Valledupar.
Cecilia, hoy te reconocemos como esa persona distinguida que eleva el nombre de nuestra institución. Eres la nota que persiste frente a la adversidad, la pilonera que no se cansa y la amiga que custodia los secretos de nuestra estirpe. Tu trayectoria es el altar donde hoy depositamos nuestro respeto más profundo. En ti, la elegancia se hizo carne y la tradición encontró su mejor refugio.
¡A moler, Cecilia querida! Que el pilón de la historia sigue sonando bajo tu mando, mientras Mary nos marca el paso desde el cielo y la Red Colsafa te aplaude de pie.
Un homenaje en vida a quien nos enseñó el valor del protocolo.
