Atánquez es un corregimiento de Valledupar, pegado a la Sierra Nevada de Santa Marta. Allí la naturaleza, al igual que sus moradores, comprendieron que la búsqueda de los desaparecidos es un trabajo que se hace en conjunto y debe permanecer ligado a las necesidades del territorio. Las autoridades del pueblo kankuamo tomaron inicialmente la palabra. No fue fácil. Hablar de los ausentes siempre duele. El conflicto armado dejó cicatrices profundas, desapariciones, desplazamientos, fracturas en el tejido comunitario y en la transmisión de los saberes ancestrales. Hubo un tiempo en que el miedo silenció lenguas, prohibió rituales y desplazó la vida de sus espacios sagrados.
Pero esa mañana, mientras los mayores dialogaban con la UBPD en medio del verde inmenso que rodeaba el escenario, la palabra volvió a ocupar su lugar. Desde la Unidad de Búsqueda se expusieron los avances logrados en el territorio, pero también se reconocieron desafíos: la necesidad de precisar los sitios de interés, de comprender mejor el territorio, de avanzar con el apoyo de quienes lo habitan y lo conocen desde la raíz. Al tiempo que una profesional forense tradujo lo técnico en palabras cercanas, explicando cómo la ciencia puede dialogar con la cultura diferencial cuando hay respeto.
Y entonces, como si el tiempo se hubiera alineado con la intención, comenzaron a trazarse caminos para andar juntos. Se habló de una jornada de formación para la guardia indígena, de familias que acompañen las misiones humanitarias, de integrar el conocimiento ancestral en los procesos de búsqueda y sanación. La comunidad no solo escuchaba: proponía, cuestionaba, construía. Porque en este territorio, la búsqueda no es solo encontrar cuerpos; es restaurar equilibrios, sanar memorias, devolverle sentido a la ausencia. La directora Luz Janeth, que por primera vez visitaba el territorio, comprometida con la búsqueda humanitaria diferencial y étnica, manifestó:
“La presencia en el territorio kankuamo nos permite reafirmar nuestro compromiso con la búsqueda en estos pueblos. Vamos a fortalecer el trabajo conjunto. Es importante capacitar a las personas de la comunidad, desde la estrategia de Red de Apoyo Operativo para la Búsqueda, para que quienes accedan a lugares distantes puedan recolectar información, documentar casos, recibir solicitudes de búsqueda, tomar muestras biológicas y caracterizar sitios de interés forense. También vamos a fortalecer el diálogo con las familias para allegar más información a las investigaciones y poder mostrar resultados próximamente”.
Con palabras claras, la Unidad de Búsqueda reafirmó su compromiso continuar con las jornadas integrales de servicios, verificar sitios de interés forense y, sobre todo, hacerlo desde un enfoque étnico que reconozca al pueblo kankuamo como sujeto colectivo que fue afectado y necesita reparación. No son técnicas o procedimientos, es entender que cada hallazgo debe ser concertado, que cada intervención debe respetar lo sagrado, que cada entrega digna debe tener el peso simbólico que la comunidad le otorga. La búsqueda, en este contexto, es un acto para dignificar.
El pueblo kankuamo ha resistido. A pesar de los impactos del conflicto armado, ha defendido su autonomía, su relación con la tierra, su memoria. Ha encontrado en el arte, la radio comunitaria, la fotografía y el tejido cultural formas de narrarse para no desaparecer. Ese día, mientras el sol avanzaba sobre la Sierra Nevada, algo se movía más allá de lo visible. Lo que se sentía en esos momentos era un reconocimiento mutuo. Jaime Luis Arias, gobernador del pueblo indígena kankuamo, visiblemente complacido por la presencia de la directora, destacó la importancia de la búsqueda colectiva.
«Es un encuentro muy importante porque permite que se implementen acciones entre el pueblo kankuamo y la Unidad de Búsqueda para que en un tiempo corto podamos ver los resultados que estamos esperando. Fijamos estrategias que van a fortalecer la gestión en el territorio para que esas familias que buscan a sus seres queridos reciban consuelo», puntualizó la máxima autoridad de esta comunidad.
Siete horas después, el cielo seguía siendo el mismo. El sol calentaba más la tierra, pero algo había cambiado. Cuando se comparte el aire, la palabra y la memoria, la búsqueda deja de ser un proceso y se convierte en un camino común. Uno que se recorre de la mano, con respeto, con escucha y con la certeza de que, en medio de la ausencia, es posible encontrar. La directora Luz Janeth Forero lo entendió en silencio. Tal vez por eso, al final de la jornada, su mirada ya no era la de quien llega, sino la de quien ha sido tocada por un territorio que enseña sin imposiciones.
