Carlos Alberto Llanos Diazgranados: Obras son Amores en el Jardín del Ser
Hay fechas en el calendario que no se cuentan con números, sino con la intensidad de los colores que pintan el alma. Hoy, mientras el sol de Valledupar se cuela por entre las ramas de los cañahuates que ya presienten su explosión de oro, celebro la vida de un hombre que es, ante todo, una obra maestra en constante construcción: Carlos Alberto Llanos Diazgranados.
Lo he dicho antes y lo sostengo: “las obras son esos amores intangibles y tangibles que están por encima de las mil y una razones”. Y la vida de Carlos es precisamente eso: una estructura de afectos, cimientos que se han levantado no con cemento, sino con la coherencia del ser y la pasión del hacer. Como artífice de nuestra identidad, Carlos ha entendido que gestionar la cultura es, en realidad, cultivar el espíritu. Desde su liderazgo en el Clúster de la Música Vallenata, ha sido ese roble centenario y bravío que ofrece sombra a nuestros juglares, protegiendo con su gestión la fragilidad de nuestra herencia.

Pero mi mirada, siempre acuciosa y enamorada de este territorio, se detiene en esa esquina mágica de la octava con catorce. Allí, donde los hibiscus parecen encenderse con cada latido de la ciudad, Carlos ha logrado algo idílico: fundir su horizonte de Llanos con la luz de su propia Estela. Ver a Carlos Alberto junto a su inseparable Stella Durán Escalona es comprender que el amor es el motor que magnifica cualquier diario de vida cuando se conecta con la esencia.
Son ellos, junto a sus tres turpiales: Lía, Amia y Mario, los guardianes de ese nido llamado Guacaó, donde la voz de los herederos de Escalona trasciende para volverse eterna.
Carlos no es solo un gestor; es un hombre que vive y transpira este Macondo. Es un convencido de que la verdadera obra está en el respeto profundo por el ser humano y en la alegría de permanecer en estas tierras de leyendas. Hoy, en su natalicio, le deseo que su camino siga siendo un cauce de aguas claras, que las estelas de su andar sigan marcando el rumbo de nuestra cultura y que la primavera de su corazón sea tan perenne como el florecer de nuestros robles.
¡Larga vida, Carlos Alberto Llanos Diazgranados!
Que sigas siendo ese faro de caballerosidad en este mundo convulsionado, recordándonos con tu sonrisa y tu trabajo que, al final del día, lo que queda es la magia de los colores con los que decidimos pintar nuestra historia.

