Colombia: Un Lienzo en Busca de Curador
Por: Yarime Lobo Baute
Como artista, entiendo que una obra maestra no nace del conflicto ciego entre los colores, sino de la sabiduría con la que estos se encuentran en el lienzo.
Escribo hoy con el alma de cronopia, sintiendo que nuestra Colombia _esa patria que es a la vez templo y herida_ atraviesa un momento donde el trazo se ha vuelto demasiado grueso, demasiado violento. Estamos perdiendo la delicadeza del matiz y, con ella, la posibilidad de construir un proyecto común que nos incluya a todos, sin que el origen o la orilla política funcionen como muros de carga que nos separan.

Al observar el panorama actual, no puedo evitar detenerme en la figura de Juan Daniel Oviedo.
Hay en él una estética de la coherencia que me resulta profundamente sanadora. Oviedo es el boceto de una política que no necesita del grito para sostenerse.
Le hallo razón en su insistencia por la independencia y el dato; su postura es un recordatorio de que la administración de lo público debe parecerse más a una restauración meticulosa que a una demolición impulsiva.
Su capacidad para dialogar sin desdibujarse es el pigmento que nos hace falta para pintar un centro que no sea tibieza, sino equilibrio estructural.
Por el contrario, me duele ver cómo Paloma Valencia, con toda su lucidez y disciplina, insiste en pinceladas de un radicalismo que asfixia. Se equivoca Paloma al creer que la fuerza reside en la intransigencia. Al radicalizarse, no solo se aleja de la posibilidad de convocar a los sectores moderados, sino que traiciona la esencia misma del nombre de su partido: Centro Democrático.
Las «ultras» no son el camino, son esquinas oscuras donde el diálogo se apaga. Si el Centro quiere ser el cimiento de algo grande, debe dejar de ser una trinchera y volver a ser el punto de encuentro donde la democracia respira. El país está agotado de los extremos que solo saben de contrastes absolutos; necesitamos líderes que, como buenos curadores, sepan encontrar la luz incluso en la sombra del adversario.
En la otra orilla del espectro, observo el tejido que intenta armar Iván Cepeda. Iván es un hombre de silencios que parecen protegidos por la arquitectura necesaria para cuidar el fuego interno. Su apuesta por elevar voces territoriales y ancestrales es un gesto de justicia estética y social. Sin embargo, Iván, la historia nos ha dejado lecciones que no podemos ignorar. De ganar, su mayor reto no será solo el ejercicio del poder, sino la lealtad con quienes lo acompañan en el trazo.
Le recuerdo con respeto que no podemos permitir que se repita la historia de Francia Márquez. No se puede invitar a una mujer de raíz, a una portadora de saberes de la tierra, para luego dejarla como un «florero» en la sala principal, sin herramientas reales de transformación, confinada a una periferia simbólica donde no se le permite llegar a Llorente, ni al corazón de las decisiones. La inclusión no es un decorado; es una estructura de participación real. Si eligen a alguien que represente el origen, que sea para que su voz resuene con la potencia de un mural y no con la fragilidad de una acuarela olvidada.
Finalmente, está la propuesta de Abelardo de la Espriella. Abelardo es el brillo del metal, la línea recta y la seguridad del diseño de alta gama. Hay una honestidad en su estética del orden que muchos buscan como refugio. Su alianza con José Manuel Restrepo es un ejercicio de contrapeso interesante: la vehemencia del guerrero contenida por la sobriedad técnica del académico. Es una fórmula que propone seguridad y gerencia, dos pilares que ningún edificio social puede ignorar, pero que deben ser aplicados con la sensibilidad de quien sabe que una estructura sin alma es solo cemento frío.
Mi invitación, desde este rincón donde las letras se vuelven trazos de corazón, es a que miremos por encima de las orillas. Colombia no es una propiedad privada de la izquierda, la derecha o el centro; es una obra colectiva en permanente construcción.
Busquemos el bien general, ese que se encuentra cuando dejamos de vernos como enemigos y empezamos a vernos como parte de un mismo paisaje. Que el trazo que viene sea de esperanza, de respeto por el otro y de una profunda convicción de que las obras que perduran son aquellas que se estructuran desde el ser, se traducen en el hacer y nos permiten, por fin, tener una patria donde la vida sea la principal obra de arte.

