8 de Marzo: Del Clamor a la Acción, el Voto como Manifiesto de Libertad

Por: Yarime Lobo Baute

 

 

Hoy, mientras el perfume de las flores inunda las calles y el comercio se viste de gala para vendernos una idea edulcorada de lo que significa SER MUJER, me detengo. Me detengo frente al lienzo en blanco de nuestra realidad nacional y me pregunto, como lo hice años atrás: ¿Es este un motivo de negocio o un clamor de libertad? La respuesta no está en el escaparate de una tienda, sino en la profundidad de nuestra conciencia, especialmente hoy, cuando el calendario nos regala una coincidencia poderosa: un 8 de marzo que es, al mismo tiempo, el día en que decidimos el rumbo de nuestro país en las urnas.

No somos un nicho de mercado. No somos el objetivo de una campaña de marketing de temporada. Somos una fuerza telúrica que, desde la arquitectura de nuestro propio ser, ha venido reconstruyendo un mundo que históricamente nos leyó en los márgenes. Aquel clamor de libertad que mencioné en 2018 en mi columna: “Día de la Mujer: ¿Motivo de negocio o clamor de libertad y equidad?” no ha perdido vigencia; por el contrario, se ha transformado en un imperativo ético.
Miro hacia atrás y recuerdo que no siempre tuvimos voz en el papel. Fue apenas en 1954 cuando se reconoció el derecho al voto femenino en Colombia, y solo en 1957 pudimos ejercerlo por primera vez. Esas mujeres que nos precedieron no buscaban un ramo de rosas; buscaban la ciudadanía, buscaban que su pensamiento tuviera peso en la balanza del bien común. Ellas entendieron que el voto no es un papel en una urna, es un acto de soberanía existencial. Por eso, hoy mi llamado es a la elección de mujeres sentipensantes. ¿Qué significa esto en la práctica política? Significa elegir a aquellas que han logrado amalgamar el rigor de la razón con la sensibilidad del corazón.
Colombia no necesita más liderazgos de cemento y frío cálculo; necesita mujeres que tengan interiorizada la prevalencia del bien general. Mujeres que entiendan que el poder no es un fin para el enriquecimiento o el ego, sino una herramienta de cuidado colectivo. Ser una mujer sentipensante en el espacio público implica llevar la ética de la vida a la toma de decisiones. Es saber que cada ley, cada presupuesto y cada proyecto debe pasar por el filtro de la equidad. Elegir mujeres que se reconozcan como una «voz de libertad» y no como «motivo de negocio» significa votar por candidatas que no se vendan al mejor postor, que no hipotequen sus ideales a las maquinarias que nos han mantenido a la sombra.
Nuestra lucha es una reconstrucción del ser, similar a la del hombre renacentista, pero con una diferencia vital: nosotras no buscamos dominar la naturaleza o al otro, buscamos armonizar el tejido social, somos la Mujer del florecimiento. Queremos una política que huela a verdad, que tenga la estructura sólida de la justicia y la estética de la solidaridad. Este 8 de marzo, el mejor regalo no es un objeto, es nuestra coherencia. Que el clamor de libertad que llevamos por dentro se convierta en un grito silencioso pero contundente en el cubículo de votación. Que nuestra voz no sea una mercancía, sino el eco de un cambio necesario. Votemos por la vida, votemos por la equidad, votemos por el bien común. Porque somos, ante todo, arquitectas de una libertad que no se compra ni se vende.

Yarime Lobo Baute
Artista | Arquitecta | Artista
Mujer Cafam Cesar 2022
Vigia de Patrimonio

Acompaño esta columna con mi obra: «Alma de Niña / Rostro de Mujer» la cual procedo a describir: Cuando puse el pincel sobre el lienzo para dar vida a «Alma de Niña / Rostro de Mujer», no estaba dibujando un rostro cualquiera; estaba trazando el mapa de mi propia evolución y la de tantas mujeres que, como yo, habitan este territorio llamado Colombia.
Para mí, esta obra es un espejo de lo que significa ser sentipensante. En ella, he querido plasmar esa dualidad sagrada que nos define: Por un lado, el Alma de Niña. Es ese rincón de luz que todas guardamos, donde reside la capacidad de asombro, la transparencia y la empatía más pura. Es esa niña la que nos recuerda que no somos una mercancía ni un objeto de campaña; ella es la que se indigna ante la injusticia y la que todavía cree que el bien general es posible. Es la pureza que nos protege de convertirnos en un «negocio» y nos mantiene conectadas con la vida.
Por otro lado, el Rostro de Mujer. Es la arquitectura de mi piel, marcada por la historia, por el conocimiento y por la firmeza. Es el rostro que sabe que desde 1954 cargamos con la responsabilidad de decidir. Este rostro representa nuestra madurez política, la fuerza que necesitamos para pararnos frente a una urna o un estrado y decir: «Aquí estamos, y nuestra voz tiene el peso de la tierra».
En la obra, los colores y las texturas se entrelazan como si fueran raíces. Quise que quien la mirara sintiera que la ternura no nos quita la autoridad, y que nuestra madurez no tiene por qué apagar nuestra esencia. Hoy, al llevar esta imagen a mi columna sobre el 8 de marzo y las elecciones, les digo: Votemos así. Con la sabiduría del rostro que ha vivido y luchado, pero con la honestidad del alma que sueña con un mundo más justo. Que nuestra elección sea, como mi pintura, un trazo firme hacia la libertad.