Ladrillos que cantan: la memoria urbana de Valledupar se teje de nuevo

 

Por: Yarime Lobo Baute

Desde las alturas de Chigüachía, donde el viento besa las alas de mi estación y las montañas murmuran confidencias que la ciudad ya extravió, me llega —como el primer golpe de caja en la penumbra del alba— el rumor de un llamado hondo: Valledupar quiere contar su historia, ladrillo a ladrillo, alma a alma.

En las salas anchas de la Cámara de Comercio se reunieron guardianes del tiempo y del espacio: arquitectos de mirada inquieta, historiadores de corazón antiguo, urbanistas poetas del asfalto y ciudadanos que llevan la urbe tatuada en la piel. Juntos encendieron el proyecto ‘Historia Urbana de Valledupar’, urdido por el Grupo 6 Arquitectos —María Amaya, Jaime Palmera con pulso de constructor de sueños, Alberto Gutiérrez, Carlos García, Efraín Quintero y Santander Beleño con ojos de precisión luminosa—, seis almas que hoy trenzan un único hilo de memoria.

No será es un libro más. Se encamina a ser un río de tinta y sentimiento que ansía renacer: el polvo originario del valle del Cacique Upar, las heridas y caricias de sus mutaciones urbanas, el alumbramiento lento y doloroso de los barrios, la danza entre codicia y cuidado en la tenencia del suelo, el latido herido pero persistente del centro histórico que aún susurra —o gime— con el Guatapurí, hermano de aguas que nos abraza y al cual herimos. Y entretejido en todo, el folclor: la puya que punza el alma, el paseo que arrastra los pies del destino, el merengue que se filtra por las grietas de las casas viejas, el son que anhela que siga naciendo la poesía de aquel viejo Valledupar.

Santander Beleño lo dijo sin velos: “Sin conocer nuestra historia, estamos condenados a repetir errores”. Verdad cruda y necesaria. Este libro promete no ser melancolía estéril; será faro para que los jóvenes no hereden una ciudad sin raíz, una Valledupar que se expandió dándole la espalda a su propio rostro.

Yo, que en 1998 me doblé sobre los planos del POT con la fe ciega de quien cree que las líneas bien trazadas pueden blindar el patrimonio y contener la avalancha, recibo esta llama con el pecho abierto. Aquellos días fueron de combate contra la fiebre del cemento sin memoria: el Guatapurí ya se ahogaba bajo promesas rotas, los barrios brotaban como hongos tras la lluvia, el centro se desangraba entre letreros y vidrieras que ocultaban su faz venerable. Esas sombras aún rondan nuestras calles.

Lamento no haber estado allí en cuerpo presente, pues de momento pernocto este nido serrano donde el silencio es tan elocuente que deja oír el pulso de las piedras milenarias y el eco lejano del río. Pero mi espíritu libre va y viene a ese Valledupar del alma. Desde aquí extiendo estas manos —manos de artista que han danzado sobre planos, lienzos y mosaicos con la misma ternura, manos de escritora que han derramado ríos de palabras para atrapar lo efímero, manos de mujer que han acariciado el papel y la tierra con igual devoción, manos marcadas por el grafito y la tinta, por el trazo y el verso— para unirme al coro de recuerdos.

A ti, vallenato raízal y adoptivo que resguarda en un arcón fotos sepia de la plaza cuando los niños corrían descalzos bajo un sol manso; a ti que atesoras el recuerdo de cómo nacieron El Cerezo, Altagracia, Cañahuate o cómo Primero de Mayo, Dangond y Fundadores se llenaron de voces nuevas atraídas por el oro blanco; a ti que conservas un plano familiar arrugado por los años o una anécdota de cuando el Guatapurí era lavadero, patio y confidente callado: acércate, trae tu fragmento. Cada imagen desvaída, cada relato tembloroso, cada dibujo infantil es un ladrillo imprescindible para levantar esta casa común que se nombra Valledupar.

Que las mesas temáticas mensuales se transformen en fogatas donde las memorias ardan y renazcan, donde el defensor del ambiente converse con el poeta errante, el líder barrial con el urbanista visionario, y todos juntos zurzamos el manto rasgado de nuestra identidad.

Porque la historia urbana no es solo lo que fue: es lo que aún podemos ser. Un mañana donde el río deje de ser testigo mudo de nuestra indiferencia, donde el centro respire su aire centenario, donde el crecimiento pregunte antes de tragar, donde el folclor no sea reliquia de museo sino latido vivo en cada esquina.

Como advirtió Gabo —y Valledupar lleva mucho de Macondo en la sangre—, las ciudades que pierden su memoria terminan convertidas en fantasmas de sí mismas. No lo permitamos. Construyamos, narremos, recordemos. Ladrillo a ladrillo, verso a verso, mano a mano.

Desde Chigüachía, con el viento fresco enredado en los cabellos y el alma tendida hacia el Cesar, aplaudo con estas manos de creadora a los colegas del Grupo 6 y a cada ser que se sume. Que esta historia nos redima de ser extraños en nuestra propia morada.

Yarime Lobo Baute
Artista/ Arquitecta/Escritora