El latido fiel de un compañero
Por Yarime Lobo Baute

En esta tierra donde la creación de Dios se manifiesta en cada hoja, en cada trino y en el susurro del viento, la fauna inspira los versos del vallenato, tejiendo un canto que abraza el alma. Hoy, 21 de julio, celebramos el Día Mundial del Perro, una fecha que desde 2004 la Organización Mundial de Protección Animal (WSPA) consagró para honrar a esos compañeros de cuatro patas que caminan con nosotros, con una lealtad que no pide nada a cambio.
Aunque en Colombia muchos eligen el 26 de agosto para esta celebración, cualquier día es propicio para detenernos y reconocer a esos seres que, con un ladrido, un lametón o una mirada profunda, nos enseñan el significado del amor incondicional.
En mi hogar, donde el tiempo se mide en latidos más que en relojes, convivo con dos perros ancianos, mis guardianes de canas plateadas, cuya presencia es un testimonio de que la edad no resta valor, sino que lo engrandece. Sus pasos lentos, sus siestas largas y sus ojos cargados de historias son mi brújula diaria. Pero hoy quiero hablar también de Princesa, una perrita que llegó como un milagro inesperado, rescatada de las calles de Valledupar en un estado que partía el alma: desnutrida, con el pelo apagado y la mirada perdida, como si la vida hubiera olvidado su nombre.
Hoy, Princesa es un canto a la resiliencia, un lucero que brilla tras la penumbra, y mi hogar es su refugio temporal mientras espera una familia que la adopte y le ofrezca el amor que merece.
Los perros, como las aves y las plantas que inspiran nuestros vallenatos, son parte de la creación divina que canta en nuestra tierra. Así como el turpial, la paloma o el colibrí dan vida a las canciones de Leandro Díaz o Alfredo Gutiérrez, los perros nos regalan melodías de fidelidad. La Organización Mundial de la Salud nos recuerda una verdad dolorosa: el 70% de los perros en el mundo no tienen hogar, vagando por calles o esperando en refugios y hogares de paso como el mío. Cada uno lleva una historia de abandono, pero también la promesa de un amor inmenso si les abrimos el corazón. Princesa, con su cola que ahora danza al ritmo de la vida, es prueba de que una segunda oportunidad puede transformar un destino.
Como arquitecta, artista y escritora, he aprendido que los cimientos más fuertes se construyen desde el alma. Cuidar a un perro, alimentarlo, darle un techo, es un acto de amor que trasciende lo material. Mis ancianos caninos, con sus cuerpos cansados pero sus espíritus vivos, me han enseñado que el amor no envejece. Princesa, con su recuperación milagrosa, me recuerda que la esperanza es un fuego que se enciende con acción. Ellos nos enseñan a ser leales, a perdonar, a encontrar alegría en un paseo bajo el sol o en el simple roce de una mano, como el acordeón que resuena con el canto del turpial en una puya vallenata.
En este Día Mundial del Perro, invito a todos a mirar a los ojos de un can, sea el que duerme a tu lado o el que espera en una esquina. Cada uno es un regalo del cielo, como diría mi siempre recordada Celina Quintero Baquero. Adoptar, rescatar o simplemente ofrecer un gesto de cariño es tejer un legado de compasión, como las canciones que celebran el cardón guajiro o el higuerón.
Princesa aún busca su hogar, y mis ancianos me recuerdan cada día que el tiempo que les dedicamos es el verdadero tesoro. Que sus ladridos resuenen en nuestros corazones, y que, como el Guatapurí, su amor fluya sin fin.

