La Conquista de Roberto Vergara. Su lucha y su fuerza.

Por. Eduardo Santos Ortega Vergara.

La conquista era el nombre del parqueadero, que tenía Roberto.

Roberto era un hombre especial, muy especial. Era mi hermano y lo especial era por él, no por el hecho de ser mi hermano, si no por el pundonor que le imprimió a su vida. Roberto, gran hombre; mi hermano… él allá y yo acá; él en el cielo y yo en la tierra. Hermanos por siempre.

Él… un hombre especial. Sí que lo era. Se atrevió a desafiar todo: la gravedad de la tierra, la tierra lo atraía, él se levantaba; las penurias de la vida, su propia limitación. Era propio al desafío, no le temía a nada. No sé cómo lo hacía, simplemente hacía lo que se proponía. Todo un experto. Sin embargo había algo, sus brazos y piernas no le respondían como él quería, no le respondían a lo que sus deseos ordenaban, producto de una poliomielitis que de niño padeció. Sin embargo, esto no le amilanó y su esencia de hombre valiente lo impulsó a ser cada día mejor.

Luchó en desigualdad de condiciones contra la enfermedad, quería lograr sus objetivos. Hoy, entendemos, sin apasionamientos y desde luego sin temor a decirlo, que lo logró. Se apropió de una muleta y con ella conquistó su mundo. En la transición de niño a joven aprendió en «Moscú», la finca de Ma’reyes y de Joaco, a tejer la palma y hacer escobas de barrer patios. El Monito, Elmer, Necho, Gaita y Ospi, eran sus aliados, en esa tarea desde el propio sentir de su discapacidad. La venta de esas escobas le ayudó a pagar sus pasajes para llegar a Valledupar. Uno de sus sueños. Aquí llegó, con sus manos desobedientes y sus piernas igual, valientes y llenas de optimismo pero limitadas; poco a poco fueron doblegando su mal proceder ante la constancia de un hombre de coraje. Logró su cometido. Caminar.

Llegó a Valledupar y comenzó a escribir una historia única, su historia. Vino a conocer otro mundo, distinto a su mundo campesino de machete y azadón, ya en otro escenario no tan conocido para él, aquí en Valledupar, le tocó hacer cosas que jamás imaginó en su limitado mundo. Aprendió a vender lotería; caminaba con su muleta todo el pueblo. Unas veces bien, otras no tanto. Unas veces rodaba por el suelo, otras más se levantaba. Se graduó de vendedor y con honores. La constancia era otra de sus virtudes.

¿Adivinen que más hacia? Se dio cuenta que de Maicao podía traer cigarrillos, whisky, jugos, enlatados y muchos otros productos que de contrabando llegaban a ser un prominente ejercicio comercial. Aliado con los conductores y ayudantes de los buses de Copetran, haciendo de contrabandista con esa mercancía, hacía escala en Valledupar y procedía luego para Bucaramanga. Él sabía que allá le sacaba más ganancia a ese duro trabajo. En esa ciudad cultivó muchas amistades y empezó a desgranar su sentimiento, entregó por allí su primera vez, como si fuera la última; un querer inocente pero decidido, de corazón abierto, lleno de amor y dispuesto a ser su ángel. Su corazón y su aparente «discapacidad» no sintonizaban con el amor que muchas veces quiso entregar pero que no era correspondido. Esto tampoco lo amilanó. Osado, valiente y con pundonor; adjetivos que le sientan bien y que lo definen en su esencia de hombre trabajador. Se hundió muchas veces en los charcos de calles insensibles que no le perdonaban su osadía. Se caía, se

levantaba… nuevamente caía, pero jamás claudicó. Mil veces lo vieron levantarse solo. Lo hicieron más fuerte los golpes, esos golpes que se daba con la tierra. Y los que en la tierra le hacían aquellos dedos inquisidores que le señalaron más de una vez, por su condición de hombre valiente y en el que nadie creía.

Roberto se encontró con su fuerza, la que les sobra a esos hombres de valía. Se dedicó luego a trabajar en «La Conquista» un parqueadero que convirtió por años en su sustento; velaba noche a noche el sueño de otros, cuidando sus pertenencias. Allí conoció a María, y se enamoró; desplegó toda su carisma, su simpatía volaba en busca de una nube de colores que iluminara el mundo de esa mujer voluntariosa que pasaba desprevenida sin saber lo que su fragancia de mujer natural, pueblerina ella, justamente de su propia esencia, despertaba en ese hombre. Al final unieron sus vidas, lo logró. Roberto y María comenzaron a caminar juntos. Se casaron y de esa unión nacieron dos hijos «Su Negra» Leydis María y el hombre que prolongaría su apellido «Nando José Vergara». No fue fácil, a María todo el mundo le criticó, más su familia, el hecho de unir su vida a un «chueco», habiendo tanto hombre bueno y sano. Justo ella le iba a «parar bolas» a ese que andaba en muletas. Nada importó, haciendo caso omiso dejó que fuera Dios quien le llenara su corazón de amor y le permitiera ver a ese hombre más allá de su apariencia física. Y lucharon juntos, fueron muchas noches de insomnio, madrugadas en vela, juntos. Caídas que ahora tenían una mano de apoyo que le ayudaban a levantarse. Ya no estaba solo. Roberto ahora tenía un gran complemento, el amor de María.

De olfato fino, no se descuidaba en su gestión comercial y sabiendo que ya el parqueadero estaba en el ocaso para su pretensión productiva, comenzó a mirar otras posibilidades de ingreso, para esa época, abrieron las puertas de la nueva edificación de urgencias del hospital Rosario Pumarejo de López, allí se instaló, a un ladito de esa entrada; vislumbrando un futuro que le permitiera trabajar para sus hijos. Se ubicó con una chaza donde vendía cigarrillos y dulces; cuidaba bicicletas, luego comenzó a vender jugos naturales y algo de fritos. Se rebuscaba para su sustento de vida; de ese trabajó sacó para darle estudio a sus muchachitos. Y los hizo profesionales, ese era su orgullo. Muchas veces me llamó para que le ayudara, pues fueron igual las veces que de la alcaldía municipal llegaban con la orden de desalojo. No era tanto mi apoyo y gestión, como su simpatía, sagacidad y poder de convicción que le garantizaron su permanencia por más de treinta años en ese puesto. Logró para su familia una casa, modesta y pequeña pero llena de ese calor humano que en ocasiones falta en los palacios y en las grandes mansiones; llena de amor y esperanza que él logro imprimirle como sello personal. Roberto José Vergara Reyes, era amigo de sus amigos, un ser humano excepcional, lleno de una simpatía única, de una viveza natural que puso al servicio de las cosas buenas, su familia y amigos. María, su eterna esposa; Leydis y Nando sus hijos y orgullo. La Mona, como le decía a su mamá. Era su respuesta cuando alguien le preguntaba ¿Qué era para él, el amor? La tenía clara, esa era su vida y por ella hasta la muerte. Un día en medio de sus dificultades de movilidad , usando el baño que le prestaban los vigilantes de la garita de entrada a urgencias del hospital, Roberto no pudo controlar el peso de su cuerpo y cayó pesadamente sobre la tasa del inodoro, fue un golpe fuerte que obligó su traslado a atención médica. Nadie sospechaba que a partir de ese día se comenzarían a escribir las

últimas líneas de una historia bonita. La vida de Roberto merece ser escrita con dedicación y en filigranas cada letra. Murió el «Viejo Robe», así le decía a mi hermano de siempre. Pero dejó un legado inmenso, su ejemplo de hombre trabajador. La herencia que dejó a sus hijos fue su capacidad de trabajo, el buen ejemplo, el arraigo de unos valores inquebrantables que cultivó con sus propias manos. Su historia no terminó allí con su muerte, la siguen escribiendo como legado especial sus hijos, que después de su muerte y en honor a su memoria se hicieron profesionales y hoy honran ese trabajo y sacrificio que en vida, él les ofreciera; también María, su eterna esposa y la vieja Chayo… «la Mona», esa mamá adolorida que aún lo llora como el primer día. Siempre queda perfume en la mano que da la rosa. Sólo Eso.

Un comentario sobre “La Conquista de Roberto Vergara. Su lucha y su fuerza.

  • el junio 5, 2018 a las 8:38 am
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    Hermosos recuerdos vienen a mi memoria de aquella época de infancia y luego adolescencia, en la que llegue por primera vez a la conquista y los pude conocer u querer tanto a todos como a mí propia familoa. UN ABRAZO A TODOS EN ESPECIAL A MI VIEJITA CHALLO 😘

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